El Greco

CENTRO CULTURAL NICOLÁS SALMERÓN. Mantuano, 51. Madrid

Es de encomiar la alta cota valorativa en que se situaron los actos programados y organizados, de forma conjunta, por las asociaciones de críticos de arte española y madrileña y celebrados en el centro cultural “Nicolás Salmerón” del Ayuntamiento de Madrid., como homenaje a El Greco en el cuarto centenario de su muerte.

El doce de marzo pasado, en su salón de actos, el crítico de arte de la asociación española, D. Jesús Cobo, profundo conocedor de la pintura de El Greco, dio una muy interesante conferencia, a la vez erudita y amena, que retuvo la atención del auditorio, muy pendiente de las palabras del conferenciante.

Inició su disertación,  haciendo referencias a la ciudad que acogió al pintor manierista, Toledo, con cuyos rincones, monumentos y emociones se identifica y que conoce, así como su historia, a la perfección y se quejó de la explotación, calificada por él de indecente, que sobre ella ejerce hoy el turismo. Es para el pintor Toledo, dijo, luz, color y vacío, arca de sueños, con un pasado esplendoroso y con un futuro arcano y mítico.

El Greco

Explicó que, cuando llega el cretense a Toledo, hacia los años finales de los setenta del siglo XVI, -después de sus estancias en Venecia, conociendo a Tiziano, y en Roma, estudiando a Miguel Ángel-, la ciudad presentaba ya los signos de una decadencia económica evidente, pero no así en lo cultural, cuyo vigor perduró por décadas.

En este ambiente, el pintor establece estudio y logra una fiel y adicta clientela entre la clerecía y la hidalguía, llenando iglesias, conventos y salas principales de cuadros y retratos, con su característico estilo, “avant la lettre”, de corte expresionista. Estilo que, durante los dos siguientes siglos, hace que su obra quede sumida en el más absoluto olvido, cuando no es sometida a vituperio y el nombre de El Greco a escarnio. Así, el pintor barroco, el cordobés Antonio Palomino, (ap.1690), considera la pintura de El Greco de muy escaso valor, próxima a la caricatura. Es en los años finales del siglo XIX, con el post-romanticismo cuando se atisba una cierta comprensión del arte de El Greco, pero ha de llegarse a la primera mitad del siglo XX, para que su pintura sea estudiada y valorada, como una de las más icónicas de la historia del arte, que marca un hito supremo. Fue, quién lo duda, un adelantado.

En este sentido, el señor Cobo se refirió al francés Theophile Gautier, quién hizo, narrando su viaje por España, (1840), ya una cierta primera valoración positiva del pintor cretense-toledano y de su pintura, escribiendo que sintió una “gran curiosidad y asombro” por la obra de este gran pintor, “loco genial, extravagante y raro”, que todos estos adjetivos le dedica, afirmando “creo que no quiere imitar a Tiziano”, limpiando, de esta forma y por primera vez, la mácula que empañaba el buen nombre del artista.

El Greco

Hizo el conferenciante un recorrido por los trabajos literarios, de ensayo y de crítica de distintos autores, siguiendo una cronología ascendente: De esta forma mencionó la obra de José Amador de los Ríos, (1845), analizando los cuadros de “El Expolio” y de “El Entierro del Señor de Orgaz”, en los que, aún encontrando “extravíos del pintor”, muestra su admiración por El Greco y su indignación por la mala conservación de la obra. Calificó el señor Cobo de muy buena la obra “Toledo en la mano”, (1857), de Sixto Ramón Parro, en la que repite valoraciones similares a las de Amador de los Ríos, lo mismo que Gustavo Adolfo Becquer, en su obra “Los templos de España”. Mencionó a Francisco Navarro Ledesma, (ap.1900), como catalizador de la corriente positiva hacia El Greco, mostrándose apasionado por la obra del pintor, como lo fueron Zuloaga y los escritores y artistas de la Generación del 98, a los que calificó de “absolutamente grequistas”. Igualmente, el poeta checo-alemán Rilke, que conoció a Zuloaga en París, escribía tener un único anhelo, viajar a Toledo para conocer a El Greco y achaca a la ciudad del Tajo el mérito de haber forjado un gran pintor. Jesús Cobo mencionó también al gran estudioso de la cultura española, el francés Maurice Barrais y a su traductor, Alberto Insua, para pasar a hacer una glosa de la obra “El Greco”, (1908), de Manuel Bartolomé Cossio y de su segunda edición, (1910), con F. de Borja San Román, como el mejor estudio de nuestro pintor.

Terminó el Sr. Cobo su documentada conferencia, señalando que de El Greco, “pintor extravagante, visionario y vecino de Toledo”, sabemos poco, pero, sin embargo, de su pintura conocemos mucho, debido a la avenida de estudios y trabajos, que en el último siglo se ha producido. Y definió, como colofón, a Toledo como ciudad “acogedora de lo grande e ignorante de todo lo demás”.

Se constituyó de seguido una “mesa redonda”, compuesta por el mismo Sr. Cobo, Don Tomás Paredes, Presidente de la AECA, y Dª. Julia Sáez Angulo, Vice-presidente de la misma asociación, quién habló de la influencia de El Greco en los pintores contemporáneos y señaló que, si bien Toledo es el hogar del cretense, el Museo del Prado es su segunda casa.

Explicó cómo ya en Manet y en Cezanne, su influencia es evidente, señalando que “Las señoritas de Avignon”, con que Picasso inicia la revolución cubista, son una reinterpretación clara de parte del cuadro de El Greco “La visión del Apocalipsis, levantando el quinto sello” y cómo fue Santiago Rusiñol, exponente máximo, por aquel tiempo, (ap.1890), de la modernidad española, quién contribuyó muy decisivamente a la valorización de la obra de El Greco, que pasó a convertirse en uno de los principales iconos del Modernismo, señalando cómo el expresionismo europeo bebe de la pintura de El Greco, poniendo a Kokoschka, como exponente de estas influencias.

Nombró a Orozco y a Matta, como pintores americanos que han sido permeables a los conceptos pictórico del toledano y cómo en la obra de Pollock, Bacon, Giacometti o Saura, los modos de El Greco han estado presentes, tanto como en las posteriores generaciones de pintores, hasta desembocar en las vanguardias del siglo XX y, desde luego, en esta post-modernidad.

D. Tomás Paredes, presentador y conductor de la mesa redonda, participó en ella haciendo pertinentes y eruditas intervenciones, explicando de qué forma, en Álvaro Delgado, están muy presentes los conceptos de Soutin y de El Greco, y cómo Francisco Pacheco, coetáneo del toledano, expresó, no sin ocultar su admiración hacía el pintor, su extrañeza al comprobar el esfuerzo que realizaba El Greco, retocando insistentemente sus cuadros  para finalmente conseguir “hacerse pobre”, y cómo Jovellanos, figura señera de la Ilustración española, consideraba a Antón Raphael Mengs, como el mejor pintor de todos los tiempos, con olvido inexplicable, no sólo del Greco, sino también de Velázquez y se otra figuras relevantes del arte español.

Antes del interesante debate entre la mesa y los asistentes, el Sr. Cobo invitó a los presentes a recordar cuándo vieron por primera vez un Greco y les exhortó a enfrentarse con el pintor a través de sus obras, en visiones directas de las mismas. No es malo el  consejo.

Junto al salón de actos, permanecía y permanece abierta la exposición de pintura y escultura titulada “DOMENICO. Interpretando a El Greco” del toledano Romeral, inaugurada el cuatro de marzo

El poliédrico Romeral hace en esta exposición la exégesis de la obra del pintor cretense, Dómenicos Theotocopoulus, desentrañando su paradigma, presentando un conjunto de óleos, en los que, en unos más que en otros, vence y brilla el pincel de El Greco y en otros, más que en unos, es el alma de Romeral la que se impone en la pugna.

Es Romeral, de un surrealismo seminal, que en este artista subyace, figurativo primigenio e inevitable, pero necesariamente expresionista, que no precisa del modelo más que aquella impronta, que talla en su mente y que la expresa dibujando las forma con pinceladas de color y claras veladuras anárquicas, que dotan al cuadro de una cierta intangibilidad con tintes místicos.

Como señaló muy agudamente Jesús Cobo, Romeral, presencia de Toledo en su alma, contempló, siendo muy joven,  a El Greco y quedó marcado indeleblemente como pintor y también, convengamos, en su compleja y a la vez llana personalidad.

 

BENITO DE DIEGO GONZALEZ
Miembro de las Asociaciones Internacional,
Española y de la Madrileña de Críticos de Arte
www.domusdidaci.blogspot.com.es

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