20120703federico_torralba1El pasado 22 de abril fallecía en Zaragoza don Federico Torralba Soriano (Zaragoza, 1913-2012), cuando iba camino de cumplir los 99 años. Fue un personaje polifacético, culto y versátil, gran docente e investigador en Historia del Arte, galerista y promotor del arte contemporáneo, autor y director teatral, amante de la música y del ballet, el último humanista aragonés, sin duda. Su vida y su actividad llenó todo el siglo XX. Europeo y cosmopolita, persona de mente abierta, liberal-conservador en lo ideológico, amante de la cultura francesa, y enamorado de París y de Venecia, Torralba sobrevivió a las estrecheces sociales e ideológicas de las sociedad zaragozana de las décadas inmediatas a la postguerra, con sectores detractores y algunos defensores de su persona. Él fue un referente de la modernidad en  Zaragoza, y estuvo rodeado de un círculo de amigos fieles y solidarios, que compartían aficiones, gustos y cultura, entre ellos Pilar, Carmen y Julio Bayona, María de Ávila y su esposo José María García Gil, Alejandro Allánegui, Eduardo Lon, Eduardo Fauquié, Luis García Abrines, Alfonso Buñuel, Santiago Lagunas, Antonio Duplá, Luis Pérez Serrano, Eduardo Romeo, Agustín Félez y Alicia Romeo, entre otros.
De familia de ascendencia conquense, por parte de padre, y aragonesa, de Moros y Ateca, por parte materna, Federico Torralba, creció y se educó en Zaragoza, en el seno de una familia de la burguesía culta y acomodada. Su padre, matemático de formación, era funcionario de la Confederanción Hidrográfica del Ebro. Cursó el bachillerato en el Instituto “Goya”, entonces denominado General y Técnico de Zaragoza, entre 1923 y 1929. En esos años, el joven Federico ya había viajado a París con sus padres, asistiendo a la ópera y al ballet, que le entusiamaban, y en Zaragoza no se perdía ninguna de las actuaciones de teatro de las principales compañías españolas, que actuaban en el Teatro Principal de Zaragoza. Cursó la carrera de Derecho en la Universidad de Zaragoza (1929-1934), si bien se licenciaría en la de Salamanca años después. Pero como su vocación no era la jurídica, en 1934 comenzó la carrera de Filosofía y Letras, también en Zaragoza, y concluyó los estudios, que quedaron cortados por la Guerra Civil, en 1940. Recordaba con especial cariño y admiración a los catedráticos don Domingo Miral, que le enseñó la Historia del Arte y al que consideró su verdadero maestro, a don Carlos Riba, al gran medievalista don Andrés Giménez Soler, y al joven auxiliar Rafael Sánchez Ventura, tanto por su modernidad y amplios conocimientos, que transmitía con amenidad e imaginación.
Primero fue profesor auxiliar (1941-1947) y después adjunto de Historia del Arte (1947-1965) en la Facultad de Filosofía y Letras de Zaragoza, docencia que compatibilizó con la de profesor numerario de entrada (1965) y de término (1970) de la Escuela de Artes y Oficios de Zaragoza. Se doctoró en 1956 con una tesis sobre “Libros de Horas miniados conservados en Zaragoza), que se publicaría en 1961. En mayo de 1965 ganó la cátedra de Historia del Arte de la Universidad de Oviedo, en la que permaneció un curso, pidiendo después la excedencia y regresando a Zaragoza a sus clases de la Escuela de Artes. En 1970, a solicitud de su discípulo y amigo Fernando Lázaro Carreter, decano de la Facultad de Letras de Salamanca, pidió el traslado a aquella universidad, en la que pasó dos maravillosos cursos académicos, que siempre recordó con emoción y gratitud, por lo bien que le trataron allí. En 1972, también por traslado, regresó ya de catedrático de Historia del Arte a la Facultad de Letras de Zaragoza, donde permanecería enseñándonos la materia a los que fuimos sus alumnos hasta 1983, año de su jubilación, si bien siguió como catedrático emérito tres cursos más.
Fue un excelente profesor, que destacaba por su claridad y rigor expositivo, por su brillante dicción, su amenidad, sus matizaciones y apreciaciones, llenas de intuición y capacidad de observación, y su absoluta modernidad. Cuando la casi totalidad de sus colegas universitarios no pasaban al abordar el arte contemporáneo del impresionismo o, como mucho, del cubismo, Torralba nos tranmitía con entusiasmo todo el arte de las vanguardias contemporáneas, llegando, en la década de 1970,  por supuesto, hasta el informalismo, el pop art o el nuevo realismo. Todo ello apoyado en imágenes  muy representativas. Las constantes relaciones e inferencias  que establecía entre el arte antiguo y el contemporáneo nos estimulaban la capacidad de observanción, de análisis y de reflexión sobre los procesos artísticos, huyendo de todo memorismo estéril. El cultivo de la sensibilidad era uno de sus grandes objetivos como profesor.
Además, fue un importante investigador, que supo trascender del formalismo para dar en sus clases unas contextualizaciones culturalistas y unas apreciaciones psicologistas, esteticistas y evocadoras de las obras y artistas comentados que calaban pronto en el amplio auditorio que llenaba, recuerdo, el aula magna 2 de nuestra facultad, al que se incorporaban también alumnos de la especialidad de Filología Románica como oyentes asiduos. Tal era la capacidad de convocatoria que Torralba tenía. Lo mismo podemos decir de las conferencias y cursos que impartía como director de la cátedra “Goya” de la Institución Fernando El Católico de la Diputación de Zaragoza,  que congregaba a exalumnos, bastantes de ellos profesores de instituto, y a alumnos de la facultad, deseosos de escuchar las novedades que aportaría el profesor Torralba con los sugestivos asuntos que abordaba en ellos. Nos enseñó a ver y apreciar el arte.
Varias fueron las líneas de investigaciones que fue abriendo a lo largo de los años. En primer lugar, la dedicada al arte aragonés, desde la Edad Media al siglo XX. Ahí están sus modélicas monografías de monumentos aragoneses, como la catedral de Tarazona, la colegiata de Daroca, las iglesias zaragozanas de San Pablo o del Real Seminario de San Carlos, o la basílica del Pilar, de la que fue el gran defensor y revalorizador, cuando se apreciaba poco el maravilloso arte que contenía, especialmente la Santa Capilla.
A las artes decorativas dedicó trabajos importantes y pioneros, especialmente a los esmaltes (1938), a la cerámica, a las porcelanas, o a los tapices, cuando eran contados los especialistas en la materia en  las décadas de 1940 a 1960.
Otro de sus centros de interés fue el arte contemporáneo, tanto desde su protagonismo de animador de grupos de gran trascendencia artística, como “Pórtico”, “Zaragoza” y “Azuda”, como desde su faceta de galerista, en las galerías “Kalos” y “Atenas” de Zaragoza, que jugaron un  papel esencial en la divulgación del arte más actual en las décadas de 1960 y 1970 en Zaragoza. Debe destacarse que Torralba organizó en la temprana fecha de 1949, en la Lonja de Zaragoza, el I Salón de Pintura Moderna, con obras abstractas de los integrantes del Grupo “Pórtico”, la primera gran exposición que hubo de esas características en España. Su amistad con Antonio Saura, a quien organizó sus primeras exposiciones, con Fermín Aguayo, con Manuel Viola, con Pablo Serrano, con Gustavo Torner, con Salvador Victoria, con Villaseñor, entre otros, le permitieron estar al tanto de la renovación y la vanguardia artística de la España de 1945 a 1985. Dedicó estudios de conjunto a la pintura del siglo XX en España (1978) y en Aragón (1979), y  específicos a artistas muy relevantes para él, como Pablo Gargallo, Honorio García Condoy, Picasso, Dalí, Clavé o Tápies.
Goya fue otra de sus pasiones, y a él dedicó renovadores estudios sobre su obra en  Aragón, especialmente en la la cartuja de Aula Dei y en El Pilar (cúpula de Regina Marthyrum), conjuntos a los que dedicó trabajos que permitieron, sin duda, la valoración de dichos conjuntos tan trascendentales en la producción del pintor de Fuendetodos. También escribió libros sobre los retratos de economistas y banqueros pintados por Goya (1980), o sobre las pinturas del oratorio de la Santa Cueva de Cádiz (1983). Además, fue comisiario de las exposiciones monográficas dedicadas al genio aragonés en Venecia (1989), Sevilla (1992) y Zaragoza (1996).
Admirador del arte oriental desde su adolescencia, especialmente del arte de China y Japón, además de coleccionista, fue autoridad científica en España, y el primer profesor que explicó arte del Extremo Oriente en las aulas universitarias españolas. Su amplia, variada y valiosísima colección de arte oriental, así como su biblioteca especializada, la más importante de España, fueron cedidas en vida por el profesor Torralba al Gobierno de Aragón, que constituyó loa Fundación Torralba-Fortún para la difusión del arte oriental y el arte contemporáneo. Esos fondos artísticos se muestran, en depósito temporal, en el Museo de Zaragoza.
Pero ahí no se acababa su interés intelectual. Torralba escribió obras de teatro y poesía en su juventud; fue gran conocedor del teatro contemporáneo francés; dirigió obras de teatro y el Ballet Nacional de España (1942-1943); tuvo amplísimos conocimientos de artes escénicas, ballet, ópera, y otras modalidades de la música. A lo largo de su amplia vida tuvo amistad con personalidades de la cultura tan relevantes como la actriz Margarita Xirgu, el director teatral Cipriano Rivas Cherif, los historiadores del arte franceses Jean Cassou, Bernard Dorival, Paul Guinard o Jeannine Baticle; la pianista Pilar Bayona; o  la bailarina y gran maestra del ballet español María de Ávila. Su casa fue centro de tertulias y reuniones en torno a una magnífica biblioteca, frecuentada por amigos y discípulos, entre ellos los críticos de arte e historiadores Juan Eduardo Cirlot y Julián Gállego, o los filólogos Fernando Lázaro Carreter y Manuel Alvar, directores que fueron de la Real Academia Española.
Don Federico Torralba fue director de la Real Academia de Nobles y Bellas Artes de San Luis de Zaragoza entre 1992 y 1997; académico de honor de la Real Academia de La Inmaculada  Concepción de Valladolid; y académico correspondiente de la de San Fernando de Madrid. La fecunda labor del profesor Torralba fue reconocida en vida con importantes condecoraciones y honores. Recibió la medalla de oro de la Ciudad de Zaragoza (1991), la medalla de oro Santa Isabel de Portugal de la Institución “Fernando El Católico” de la Diputación de Zaragoza (1984), el premio Aragón de las Artes (1992), o la Orden del Sol Naciente con Rayos Dorados del Japón (2008). Su recuerdo permanecerá siempre entre los que fuimos sus discípulos y amigos.

ARTURO ANSÓN NAVARRO
Profesor del I.E.S. Goya y de la Universidad de Zaragoza

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