El trabajo llevado a cabo por el pintor Félix Lafuente en torno a la muestra conmemorativa del primer centenario de los sitios de Zaragoza merece un estudio que ha de tener cierto carácter reivindicativo de su obra como pintor. El hecho de que una enfermedad degenerativa hiciera que los últimos quince años de su vida, de regreso en su Huesca natal, no produjese prácticamente nada, hizo que críticos e historiadores lo olvidaran ya en vida. Salvado el torrente informativo de los días que siguieron a su muerte en 1927, la historia del arte aragonés de la segunda mitad del siglo XX ha obviado sistemáticamente el trabajo de este pintor oscense que mereció una medalla de oro en la muestra de 1908 por sus estudios de flores y bocetos de arte decorativo y de escenografía. Así reza el diploma firmado por Basilio Paraíso el 25 de octubre de 1908. No fue este el único diploma concedido al pintor que, en diciembre de ese mismo año, recibiría una medalla de plata, rubricada en esta ocasión por el presidente del Consejo de Ministros, Antonio Maura. Con ella se reconocía el conjunto del trabajo realizado para la exposición, con la que colaboró como reportero gráfico del Heraldo, el trazado del cartel oficial anunciador del evento, o la pintura de catorce acuarelas de los edificios que se convertirían en las tarjetas oficiales que pudimos ver en el anterior número de 4Esquinas. Ninguno de los trabajos publicados en la segunda mitad del pasado siglo y en los años transcurridos del presente, dedica a Lafuente más allá de alguna referencia sobre la autoría del cartel oficial y su participación con el resto de pintores aragoneses en la exposición de arte moderno. Ni siquiera los que están apareciendo en nuestra ciudad con motivo del segundo centenario. El laureado pintor aragonés, dejó Zaragoza a causa de su enfermedad y Zaragoza (es decir Aragón) le dejó a él de manera casi definitiva. No sirvió al parecer de mucho la retrospectiva producida por la Diputación de Huesca en 1989 que tuve el honor de comisariar. Las publicaciones posteriores a ese año tampoco han situado al pintor oscense en el lugar que me parece le corresponde dentro del panorama del arte aragonés del periodo de la Restauración, cuando quiso ponerse en marcha sin demasiada fortuna un movimiento artístico paralelo a regeneracionismo político reinante. La medalla se le otorga a Lafuente, en primer lugar, por sus estudios de flores. Estudios que, con toda probabilidad, trazó durante sus años de profesor de dibujo del Instituto de Huesca (1893-1904). Algunos de los bocetos conservados en la colección familiar presentan estudios de geometría lineal. Sigue indicando el diploma que también son premiados los dibujos de proyectos de decoración presentados, algunos de los cuales es más que probable que contribuyeran a la decoración de los espacios oficiales y privados de la Exposición. Alguno de los espacios de industrias zaragozanas fue íntegramente diseñado por el oscense. Finalmente se otorga medalla de oro al pintor oscense por las escenografías. Lafuente se formó como escenógrafo en el taller desde el que los italianos Busato y Bonardi servían al Teatro Real de Madrid. Incluso llegó a tener su propio taller de escenografía que compartiría con Amalio Fernández. Sus conocimientos de la escenografía le harían diseñar originales decorados para D. Juan Tenorio que fueron atribuidos por la prensa especializada a su compañero de taller… lo que sin duda ayudó a su vuelta a Huesca para dar clases en el Instituto. De nuevo en su ciudad, pintaría escenografías para teatros, como los Principales de Huesca y Zaragoza, e iglesias, como los monumentos de Jueves Santo del convento oscense de la Asunción o de la zaragozana parroquia de Santa Engracia. Pero el premio los merecieron los bocetos. Analizando algunos de ellos sigue resultando sorprendente el olvido sistemático por parte de los investigadores del arte aragonés. Creo que este centenario del centenario es un buen momento para intentar, de nuevo, rescatar del olvido a Félix Lafuente Tobeñas. Sus trabajos no creo que precisen mayores explicaciones. Los pintores hablan mejor que por las bocas de los historiadores y los críticos, por sus lápices y sus pinceles.

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