Octavio PazEl lunes 31 de marzo se cumple el centenario del nacimiento de Octavio Paz, en Ciudad de México. Su madre, Josefina Lozano, era española, hija de andaluces emigrados. Con motivo del centenario, se ha creado todo un programa de fanfarrias, festejos y espectáculos, enervados por su oportunismo y falta de calado en varios de ellos. El poeta que luchó por que hablara la obra de los poetas, en lugar de las contingencias de su andadura; el que dijo que no tenía biografía para hacer protagonista a sus textos, ha sido envuelto en la franela de la anécdota, como el torero desparece en el trance glorioso de una chicuelina.

Cuando el martes día 25 de marzo, salí de la Biblioteca Nacional, tras la presentación de la exposición-homenaje a Paz, en su centenario, sentí vergüenza. Por lo que se dijo, por cómo se dijo y por la ridiculez del ofrecimiento.

 

La tal exposición- “pequeña pero importante” según sus promotores-, ofrece tres vitrinas de pie: dos cartas autógrafas de Paz a Jorge Guillen, un grabado de Gunther Gerzso, cuatro primeras ediciones y en otra vitrina de pared, el retrato que le hizo Ángel Mateo Charris, con motivo del Premio Cervantes. Y todo ello en un cubículo con otras vitrinas y otras imágenes, todo lo cual crea confusión y una insoportable decepción.

Octavio Paz, con sus luces y sus sombras, es autor de una obra ingente, como escritor, ensayista y poeta. Si fue Premio Cervantes, 1981; Premio Príncipe de Asturias, Premio Nobel, 1990, sería por el valor de su pensamiento y por el acercamiento del arte al hombre, por su poesía y por las versiones que hizo de poetas de otras lenguas a la nuestra. Se da la circunstancia de que la monumental obra de Paz-parece que nadie recuerda a Hans Meinke, artífice de sus Obras Completas en Galaxia Gutenberg-está escrita en es-pañol y todo el mundo hispánico tenemos la obligación de conocerla y difundirla

Defender el español es defender nuestro más valioso patrimonio cultural, junto con to-dos los países en los que se habla. Pareciera que hay ciertas reticencias y comportamientos  provincianos cuando se trata de valorar nuestra lengua, común a 500 millones de hispanohablantes en el mundo. Nada que objetar al inglés, ni los norteamericanos ni los ingleses tienen culpa, el complejo es nuestro. Hay instituciones internacionales de todo tipo, que en aras de su funcionalidad, desprecian sus lenguas oficiales estatutarias, en beneficio exclusivo del inglés. ¡Estamos viendo lo que está ocurriendo con el francés, por favor, no caigamos en los mismos errores y renuncias, en la misma desidia!.

Octavio Paz- Libertad bajo palabra, Laberinto de la soledad, Ladera este, La estación violenta, Los hijos del limo, Pasado en claro- se merece una atención algo más diáfana y sana de la que se le está prestando. La Biblioteca Nacional no debería menospreciar la obra de un gigante, escrita en español, aunque no hubiere sido Premio Nobel de Litera-tura. Hay que adecuar los actos a los fastos y servir con generosidad a la grandeza, litera -ria en este caso, de alguien, no ya ligado a España, sino que paseó el español por el mundo, siendo traducido a cientos de lenguas. “No veo con mis ojos. Las palabras son mis ojos” decía Paz. Palabras en un español, jugoso, brillante, renovado, límpido, deslumbrante, áureo. No estoy en el ¡que inventen ellos! Estoy ¡en el respetemos lo nuestro con el mismo fervor que respetamos lo de  nuestros vecinos! ¡No dimitamos de nuestro compromiso!

Tomás Paredes

Presidente de AECA-AICA/SPAIN

 

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