Adolfo Castañp

 

CON ADOLFO CASTAÑO

Página en blanco ante mí esta mañana.

Una página en blanco que acabo de estrenar para ir diseñando sobre ella la vida de amistad que he disfrutado con Adolfo Castaño. Una amistad fundada en la benevolencia, en el deseo y en la procura del bien para el amigo, sin desmayo, en el respeto y en la admiración. Amistad verdadera, por lo tanto.

 

Durante casi treinta años, llamar a Adolfo o que me llamara y reunirnos para compartir las cosas más vulgares y las extraordinarias ha sido una experiencia de vida enriquecida. Las dudas, las tensiones y los logros de una vocación que estaba en él y en mí, la poesía; el anhelo que fue una entrega y una profesión para los dos, la crítica de arte; el buen vino de Oporto y el café tantas mañanas, en nuestra oficina, una cafetería de Velázquez; los hitos creadores, esenciales, las ideas con tintes de ideal que a veces conseguíamos atraer y encarnar en nuestros días; y las ferias también, las vanidades en las que él empleaba su ironía inteligente, y mis silencios sordos, y su risa; sus confidencias y mis confesiones; las caídas rotundas, repentinas, por su parte y la mía, en ensimismamientos y cansancios que producen las sombras de la vida... y la transformación al poco tiempo en esperanzas nuevas y en proyectos artísticos, vitales: experiencias de vida enriquecida. Una vida real y verdadera la de nuestra amistad, que no voy a dejar de compartir.

Vives ahora la vida de la muerte.

Nuestra amistad acaba de estrenar otra manera de latir, de cundir, de concertarnos. Así es desde ayer. Amigo, gracias.

Carmen Pallarés

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