japonismo

Satoru Yamada

Durante el final de la época de los samurái en Japón, denominado periodo Edo, el Shogunato adoptó una política diplomática de aislamiento nacional que se prolongó más de doscientos cincuenta años. Pero en 1854, el gobierno estadounidense obligó al shogun a firmar una serie de acuerdos que abrieron los puertos japoneses a sus barcos balleneros. Comenzó entonces el comercio entre los países occidentales y Japón y, a través de este nuevo negocio, nació entre los aficionados al arte del Viejo Mundo interés por coleccionar arte nipón, considerado en aquella época algo exótico. Estos coleccionistas se entusiasmaron, por encima de todo, por la estampa Ukiyoe, que gozó de una gran popularidad.

 

 

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Como parte de este proceso, hubo igualmente numerosos pintores europeos que quedaron prendados de su encanto. Los podemos encontrar, sobre todo, entre los impresionistas como Vincent van Gogh, Edouard Manet o Toulouse Lautrec, quienes, influenciados por este tipo de arte, trataron de adoptar una composición arriesgada, que no tuviese en consideración un punto de vista realista, algo que nunca se había visto en Europa. Pero curiosamente, en Japón, las obras Ukiyoe no eran consideradas obras de arte. Se habían desarrollado como retratos de actores de teatro populares o como postales panorámicas, siendo el valor de las láminas menor que el de algunos productos de primera necesidad como el pescado, de tal modo que los japoneses incluso usaron obras de Ukiyoe para envolver las cerámicas destinadas a la exportación. A pesar de ello, dio lugar a toda una corriente artística en Europa y, aún hoy en día, sigue siendo objeto de admiración por parte de sus habitantes.

De hecho, el arte y la artesanía japonesa fue una de las principales atracciones de la Exposición Universal de Londres, celebrada en 1862. Desde entonces, las xilografías japonesas Ukiyoe se convirtieron en fuente de inspiración para muchos pintores, comenzando por los impresionistas, continuando con los postimpresionistas y modernistas de fines del siglo XIX, y concluyendo con los cubistas de comienzos de la vigésima centuria. Todos ellos mostraron interés por la asimetría y la irregularidad del arte japonés, viéndose especialmente influidos por cuestiones como la falta de perspectiva, el efecto de luz sin sombras, las áreas planas de colores brillantes o la libertad de composición al colocar a los sujetos descentrados, organizados en ejes diagonales desde abajo y hacia el fondo, en su mayor parte. Estas características principales del arte japonés, que influyó en los artistas occidentales, estaban en contraste directo con la tradición artística occidental y fueron asumidos por la pintura rupturista del siglo XIX y las vanguardias del XX, como recursos liberadores de las convenciones academicistas.

 

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En la actualidad, asistimos a un segundo fenómeno de “japonismo”, en el que el manga, o cómic japonés, está empezando a producir una gran cantidad de seguidores en Europa. Estos aficionados disfrutan además del karaoke, del dibujo animado japonés, o del cosplay, es decir, de disfrazarse como los propios personajes del mundo del cómic. Yendo aún más allá, el fenómeno está empezando a influir nuevamente en los artistas europeos. Hace poco, visité el taller de “Crajes”, grupo artístico formado por dos jóvenes artistas, Jessica y Carla, que ahora están preparando una exposición que tendrá lugar en Alemania. “Crajes” trata de abordar la imagen del dolor femenino, pero utilizando el estilo del cómic, empleando símbolos humorísticos y pintando como si de una viñeta de ilustración japonesa se tratase. Ellas mismas, como grandes aficionadas al manga, relataron que los cómics japoneses, incluso para los niños, tratan una realidad no idealizada:

“En Dragon Ball –cómic japonés muy popular que gira en torno a las artes marciales- sale un viejo maestro que quita las braguitas a las chicas. Este concepto es muy realista”.

Me mostraron su colección de ilustraciones en la que se incluían trabajos de Maruo Suehiro, un autor famoso por sus imágenes de horror, sexualidad y radicalismo, pero que a la vez resulta poderosamente atractivo. Está claro que “Crajes” tiene su propio estilo, pero se puede ver claramente la influencia del cómic japonés. Como la propia Carla me dijo, no querían obras que resultasen bellas desde un punto de vista estético, pero carentes de contenido. La imagen del dolor femenino, combinada con bellos símbolos, resulta muy inquietante. Nos obliga a asomarnos tras la imagen y a contemplar su intención.

En Japón, cada semana un gran número de hombres compra revistas de manga para leer de camino a la oficina y se deshace de ellas una vez que las han leído. Pero en Cataluña, este fenómeno está empezando a producir nada menos que un segundo “japonismo”. Y para aquellos interesados en comprobarlo, la próxima exposición de “Crajes” tendrá lugar a partir del próximo día 11 de abril de 2015, en la galería alemana FB69 Gallery Münster.  

                    Satoru Yamada

Asociación Española de Críticos de Arte

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