Scardanelli.

Este mes de marzo de 2019 el Ayuntamiento de Madrid ha colocado una placa, en la calle Ortega y Gasset (antes Lista), donde vivió Juan Cristóbal, magnífico escultor, hoy casi olvidado como tantos otros ilustres. 

Fue un escultor de vocación temprana, con 12 años comienza a recibir clases con D. Nicolás Prado Benítez y tres años después ingresa en su estudio de escultor y en la Escuela de Artes y Oficios de Granada. Con 16 años obtiene la Primera Medalla en el Concurso de Escultores Noveles de Granada. En 1913 le descubre el escultor francés Daniel Backe, que deslumbrado con su trabajo y cualidades le recomienda a Natalio Rivas, que será su protector, estableciéndose entre ellos una relación paterno-filial, que durará toda su vida, siendo esta la primera relación de las muchas que tuvo con los más importantes hombres de la España de su tiempo.

En 1914 obtiene una beca de diversas Instituciones granadinas para estudiar en Madrid, donde se traslada y entra en el Estudio de Mariano Benlliure. Un año después instala ya su primer estudio, en la calle Atocha 151, por donde pasan varios intelectuales, entre otros, Manuel Ángeles Ortiz e Ismael González de la Serna, y a la vez participa en el movimiento artístico literario que se desarrollaba en Granada, en la tertulia del Rinconcillo, con los hermanos Lorca, Soriano Lapresa, Gallego Burín, etc. y otros intelectuales coetáneos.

En Madrid asiste a las clases de San Fernando, al Casón del Buen Retiro y sobre todo al Museo del Prado, donde copia y estudia a los clásicos, y se entusiasma con Dónatelo, y mientras se relaciona con Timoteo Pérez Rubio, Moisés Huertas, Fructuoso Orduña y otros, algunos de los cuales eran, como él, alumnos de la Escuela de San Fernando.

Su asistencia en Granada a la tertulia de El Rinconcillo, fue el inicio de lo que resultó ser una vida marcada por la relación de amistad y camaradería con intelectuales como Valle-Inclán, Maeztu y Unamuno de la generación del 98; de la del 27, Lorca y Gerardo Diego; Otros: Ramón Pérez de Ayala, Gómez de la Serna, Marañón, Ramón y Cajal; los escultores Benlluiure y Victorio Macho; los pintores Zuloaga, Penagos  y Julio Romero de Torres; los hermanos Buñuel, Manuel de Falla, Belmonte, Julio Camba y un largísimo etcétera.

Entre su Obra Pública destacan los Monumentos: a Ángel Ganivet (Granada); a Julio Romero de Torres (Córdoba); al comunero Francisco Maldonado (Alto del Rollo: Salamanca); Cabeza de elefante en la presa El Salto (El Carpio: Córdoba); a Gabriel y Galán (Salamanca); a Diego Ventaja (Ohanes: Almería); El Cid (Burgos), etc.

En Madrid puede verse: la Cabeza de Goya, que primero se instaló en S. Antonio de la Florida, después en el Parque del Oeste, volvió de nuevo a la Florida, y por último está actualmente en el Parque de San Isidro desde 1986, junto al Palacio de Anglada. En el Parque de El Retiro está el Monumento a Cuba, en el que participa con la estatua de la Reina. En la fachada posterior del Circulo de Bellas Artes está el Alto Relieve Alegoría de la Música, y dentro del mismo edificio La Sibila Casandra. El Ángel de la cripta de la Catedral de la Almudena. La placa a Ramón Menéndez Pidal en la Facultad de Filosofía y Letras de la Universidad Complutense, y la restauración del Monumento de Felipe III, en la Pza. Mayor.

Mostró interés en la arquitectura y el diseño de jardines, como evidencia el esplendido trabajo que realizó en el Palacio de Cadalso de los Vidrios, que en origen fuera de D. Álvaro de Luna, con una visión anticipada, dado que el conjunto fue recuperado y restaurado adquiriéndolo poco a poco, en pequeñas parcelas, hasta formar el recinto que ahora forma, salvándolo de su desaparición y haciendo de él una obra digna de admiración partiendo de una ruina.

Tuvo una vida intensa, y a la vez productiva, fue un trabajador infatigable. Era un hombre simpático, muy ameno, y un gran retratista, por lo que le llovían los encargos. En Granada se le han realizado dos grandes exposiciones, de la primera no fui testigo, de la segunda tuve la suerte de poder disfrutar con la contemplación de más de cien piezas distribuidas, en la Alhambra, entre el Palacio de Carlos V y la Fundación Rodríguez Acosta. No obstante, con una obra tan extensa voy a centrarme en resaltar tres piezas, La Cabeza de Goya, La Sibila Casandra y El Cid, y no en otras, porque creo que en estas piezas Juan Cristóbal fue más creador, puso más de sí mismo, y tal vez por ello no ha tenido, ninguna de ellas, el reconocimiento que merecen.

La Cabeza de Goya es una escultura impresionante, tiene en sí la monumentalidad de las Cabezas Olmecas mexicanas. Ignoro si Juan Cristóbal había visto esta pieza, que hoy se puede contemplar en el Ensanche de Vallecas, porque México la donó a España (creo que en el 2005). Es una copia de la Cabeza Número 8, de Veracruz, El Rey, cuyo original está en el Museo Arqueológico mexicano. Si uno se fija en los retratos de Goya, aunque tiene nariz poderosa y labios prominentes, estos tienen un trazo casi rectilíneo y Juan Cristóbal marca y resalta sus curvas a la manera de la Olmeca. Considero un acierto el tomar este detalle, tanto si conoció la Olmeca como si no, porque es una manera precisa de resaltar la fuerza del personaje. Pieza que se ha movido de ubicación hasta cuatro veces y aún no sé si está ubicada como debiera.  Ahora que los escultores contemporáneos han puesto de moda las cabezas monumentales (Antonio López, Manolo Valdés, Jaume Plensa, etc.) hay que recordar que Juan Cristóbal realizó la de Goya entre 1929-1933.

En El Cid de Burgos, el escultor pretende resaltar el mito del personaje, como lo demuestran los detalles de la escultura ecuestre, y no el caballo que deja de ser elemento principal, y no porque no supiese trabajarlo, pues hacia ya más de veinte años que había realizado diversos estudios para la restauración de la ecuestre de Felipe III de la Pza. Mayor de Madrid. En las esculturas a caballo el guerrero o soldado lleva lanza, que era como hacían la lucha en la batalla, y aquí el artista coloca a D. Rodrigo una espada. Para la cabeza del héroe le sirvió de modelo Alfonso Buñuel, al que colocó una luenga barba como signo de dignidad. Y la capa, que   va al viento, cuando el caballo precisamente no va al trote, es un indicativo más de la pretensión mítica del artista. De hecho la capa no la añadió hasta la última etapa del trabajo, porque toda gran obra, llega un momento que manda sobre el artista y este tiene que obedecer su mandato. Magnífica pieza, apreciada solo por unos pocos.

Y para terminar La Sibila Casandra, conocida simplemente como La Sibila. Obra realizada en 1917, en pórfido (el mármol de los Emperadores), basada en un cuadro de Anglada Camarasa, que lleva el mismo nombre. Dicho cuadro, del que fue modelo J.G. Pinos, es un reflejo de la época parisina, del fauvismo, casi mujer fatal, en cualquier caso personaje decadente. Juan Cristóbal realiza esta pieza con 21 años. Ha captado perfectamente la intencionalidad del pintor, pero él pretende reflejar una mujer casi en trance y a la vez serena, con la madurez de un destino aceptado y sabedora de su misión. Y lo consigue. La frialdad del pórfido le da el aire de distanciamiento y la piedra abujardada, que le sirve de vestido, le añade un toque de contraste.

Sorprende la genialidad de un artista tan joven, que aún a pesar de haber viajado poco, la influencia de los círculos intelectuales, en que se movía, le abrieron la mente y le prestaron alas. Juan Cristóbal fue un escultor prolífico, que nos dejó unos retratos que rezuman fidelidad y belleza, y algunas piezas, como las aquí resaltadas, bastarían para incluirlo entre los grandes de nuestra historia.

 

Scardanelli.

Nota: Scardanelli es el nombre con que firma la poeta Encarnación Pisonero los trabajos sobre artes plásticas. Miembro de la Asociación Madrileña de Críticos de Madrid (AMCA), de la Española (AECA), y de la Internacional (AICA).

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