Jesús Cobo

AECA

Una parte muy importante de la pintura de paisaje ha pretendido representar impresiones. El artista percibe una sensación —en principio, instantánea o admitida como tal— y trata de reflejarla en el cuadro. El primero de los graves retos y riesgos del impresionismo es la imposibilidad de una expresión que sea también instan­tánea; es decir, la enorme dificultad de una expresividad realmente impresionista. Debe acudirse a una intensidad muy elevada de la sensación y a una memoria visual de gran potencia. Por eso, en el impresionismo, el resulta­do final es siempre una aproximación, un ensayo. No es la impresión lo que se pinta sino su recuerdo; incluso en los paisajes pintados directamente del natural y en tiempo breve.

La ciudad de Toledo, a la que se acomoda con estric­ta naturalidad la noción de impresionante, ha sido siempre un surtidor de tentaciones para los pintores impresio­nistas. En los resultados, ha habido de todo un poco. Porque es dificil manejar adecuadamente impresiones tan ricas. Del panorama contemplado, es esencial la cap­tación de tres sensaciones que se condicionan: forma, color y luz. En Toledo, su complejidad puede llegar a ser exasperante. O, todavía peor, acreditar la impotencia expresiva del pintor. Aureliano de Beruete optó por la selección reductora de sensaciones, por la identificación de impresiones adecuadas que excluyesen la escenogra­fía, la fragmentación y la ambigüedad. Sus toledos son como un hilo de los muchos que forman el complicado ovillo de la figuración toledana; pero un hilo ejemplar. En ellos, el pintor evidencia su inteligencia creadora, su comprensiva sensibilidad y su ejecución primorosa. Toledo, que se nos aparece con frecuencia como una rea­lidad física con múltiples semblantes, ha encontrado en Beruete al gran pintor de uno de ellos. Por eso, en sus visiones nos hace sentir siempre el epitelio de Toledo, su piel. Son paisajes confortables, apacibles, sin asperezas ni sobresaltos visuales, gozosos de color y plácidos de luz. Responden, sin duda, a un modelo interior, muy depurado, de afanosa corrección técnica y amable fac­tura. Finas siempre, rozando incluso una elegancia que no se llega a conseguir del todo, las visiones toledanas de Beruete, como sus paralelas vistas madrileñas o conquenses, tienen algo de idílicas.

Aureliano de Beruete, Vista de Toledo desde la Vega Baja, 1909, Museo de Santa Cruz, Toledo.

De las muchas visiones que conforman la imaginería toledana de Beruete, me fijo en la Vista de Toledo desde la Vega Baja, cuadro fechado en 1909 y conservado en el museo de Santa Cruz. Su sencillez compositiva asegura una ordenación visual perfecta: un primer término de arbolado, con un excelente tratamiento de sombras, y, al fondo, alzada sobre su peña, la ciudad, apastelada e inerte, en una lejanía que permite abocetar las formas. Estamos ante un Toledo de laboratorio. El alejamiento de la ciudad incrementa su función de realidad soñada o legendaria, una especie de milagro de la naturaleza. El artista consigue el acomodo natural de todos los ele­mentos estéticos, sin asperezas, sin fisuras, sin extravagancias. La aparición de la ciudad en el seno de una naturaleza idílica desvela su belleza exterior, su impre­sionante superficialidad de formas y colores. Toledo sir­ve de apoyo —de pretexto— para la resolución de difí­ciles problemas pictóricos, que es lo que verdaderamente se propuso el autor y logró superar con maestría. El gran protagonista del cuadro no es la ciudad: es el aire, ca­racterizado por su impresionante transparencia. Este ju­biloso impresionismo es el soporte de un expresionismo técnico formidable. En el auténtico impresionismo —en el que estamos—, la técnica es siempre expresiva. El gran acierto de Beruete es que su virtuosismo técnico se manifiesta sin violencia ni alardes, sin extremosas lla­madas de atención para el que mira. En este sentido, su generosidad estética es impagable y la expresividad de su técnica, magistral, sin que necesite acudir a deforma­ciones ni a ponderaciones expresivas.

El compromiso de Beruete con la belleza interior de Toledo es limitado, mucho menor que el de Sorolla o Zuloaga. Beruete muestra una ciudad dulce, domada, de una quietud indiferente. Una bella durmiente. La autenti­cidad de su ensayo no puede ponerse en duda, pero el re­sultado es difuso, sin que aparezca la fiera individualidad estética que Toledo comporta. Porque un auténtico viaje creador a traves de Toledo sólo tiene sentido pleno si el artista es capaz de descubrir y desvelar aspectos míticos y misteriosos de la ciudad. En los toledos de Beruete, las estructuras geométricas de fundamentación parecen no interesar al pintor; las acepta y ofrece como implícitas en las formas y en su funcionalidad, como un postulado que apenas se enuncia. Cuando se trata de Toledo, esta reducción radical resulta grave y supone el escamoteo de su más íntima naturaleza. Aquí, Beruete se aleja del mo­delo y busca reflejar, más que su realidad, su apariencia.

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