Satoru Yamada

Miembro de AECA y AICA

 

         Cuando los artistas hablan de la estética oriental, siempre mencionan el “vacío”. Sí, eso es cierto. En la pintura china y la pintura japonesa, el concepto de “vacío” es elemento fundamental de la esas culturas orientales. Pero, ¿qué es el “vacío”?

         En China desde unos siglos antes de Cristo, ya existía el concepto de brote de “vacío” en el arte y la pintura dominada por idea de “vacío” vio la luz en la dinastía Tang (siglo VII-IX) (véase Cheng, Françis, “Vacío y plenitud”, Siruela, Madrid, p129), pero no hay ningún libro escrito sobre este asunto, puesto que para los chinos, el realizar el “vacío” no es objetivo de pintura, sino es pintura en sí. Como el concepto es muy de sentido común, no lo había discutido la crítica, ni artista alguno, hasta que Xie He (479- 502) propuso los “Seis principios de la pintura”. Xie He defiende en ese momento que, definitivamente el pintor tiene que realizar el aliento vibrante que corresponde al “vacío”. Para él el aliento es la sensación de la vida de la criatura realizada sobre el papel. Su definición es endeble para nosotros, pero allí comenzó la polémica de la esencia del “vacío”. Muchos pintores o críticos chinos y japoneses han propuesto un sinfín de teorías. Además hay una diferencia sensible que depende del punto de vista desde el que se contempla: taoísmo, I Ching o zen. Incluso en el momento actual siguen apareciendo nuevas teorías del vacío.      Pero en este artículo, me limito a exponer la definición de qué es aire invisible, que produce la sensación de “aliento vibrante”.


     Actualmente hay un pintor que aborda este tema en su trabajo: Carlos Tárdez (Madrid 1976), el pintor que pinta niños entre un gran aire vibrante. Realiza los retratos de los niños en los que capta un momento instantáneo su gesto en el aire místico. El aspecto de los niños es muy natural y la pincelada transmite la mirada amable del pintor, pero aquí quiero hablarles del vacío.

    Me asegura que su interés obsesionado por el vacío ha procedido de la escultura. Él también es escultor. El escultor tiene que quitar materia para esculpir, pero al tiempo está creando el espacio. Si el espacio que aparezca alrededor de la obra no tiene interacción con ella, la obra quedará muy fría, muerta. En la pintura también trabajaba de la misma manera: “para realizar una figura en lienzo me fijo en el espacio circundante”.

     Pero, reflexionando, confiesa que antes no sabía cómo combinar la figura y el espacio, hasta que descubrió el sentido del “vacío” en el arte oriental.

      La obra en general tiene un fondo de color, pero no pintado de manera uniforme. Deja que la pincelada vaya enriqueciéndose. Introduce otros colores hasta conseguir el tono que le conviene. Cuando piensa que falta el espacio físico, añade una tabla. No le importa que se vea la costura, llamada “cicatriz” por el propio pintor, quien matiza que “algo accidental también es importante para mí.”

       La verdad es que eso también es imprescindible para la estética oriental, la sorpresa en arte es común a todas las culturas y todas las técnicas.

     El concepto de vacío cobra protagonismo en la obra de Carlos Tárdez. A pesar de que al pintor y a mí mismo nos lo parece, reconoce también una parte firme de la cultura europea en la obra, y pienso que la mezcla de la cultura oriental y la occidental enriquece su pintura y su escultura.

    Si quieren disfrutar de esta pintura influida de orientalismo, vayan a la galería Ansorena de Madrid. La exposición tiene lugar allí hasta 3 de mayo.

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