Jesús Cobo

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   De los pintores españoles del impresionismo tardío es Joaquín Sorolla el más elegante y original; también, el de mayor instinto pictórico y el de más elevada potencia técnica. Amigo y admirador de Aureliano de Beruete, de cuya mano parece haber conocido la ciudad, le supera en el tratamiento de los efectos luminosos, y no le alcanza, a mi ver, en la representación de la diafanidad del aire. El gran talento compositivo de Sorolla y su maestría en el manejo del color le permiten la creación de inolvida­bles ámbitos paisajísticos, de enorme veracidad y belleza. Con un dibujo suelto y amoroso sugiere formas de enorme eficacia visual, favorecidas por una luminosidad imperiosa. Sorolla es un intuitivo formidable, un jugador que casi siempre gana. Más que controlar y dominar, le interesa adivinar. El riesgo grande y frecuente, asumido con gallardía y superado con suerte pródiga, acabaron siendo en él una forma de sabiduría.

Joaquín Sorolla, Vista de Toledo, 1912. Museo Sorolla, Madrid

    Como Beruete, Sorolla pintó numerosas vistas de To­ledo. La ciudad se representa en ellas con comprensión canónica pero con una conmovedora libertad sugesti­va. Son imágenes de gran fertilidad contempladora, que parecen crecer misteriosamente desde diversos centros radiantes. Las percibimos como insinuantes, dinámicas, con tendencia a una elegante indefinición —que no re­sulta indiferente— que las hace líricas. El viejo costum­brismo localista está más que superado, pero conservan todavía una discreta nostalgia romántica.

    Hay en el museo Sorolla de Madrid varias vistas de Toledo, todas hermosas. En una de ellas, fechada en 1912, el pintor ha ordenado la composición por me­dio de tres bandas horizontales: una panorámica de la ciudad, que centra el cuadro; una base geológica, en la que incluye parcialmente el torno del río, y, en la banda superior, un hermosísimo cielo inconfundiblemente to­ledano; ese mismo cielo ante el que han fracasado triste­mente muchos buenos pintores, porque es de dificilísima traducción cromática. En general —y con muchos mati­ces—, el pintor parece ajustarse aquí a los presupuestos de la generación del 98 sobre la idealización del paisaje. Sorolla puede estar, en realidad, representando una idea. Y ello hace que el contenido metafórico de su visión no sea muy alto, porque la idea previa no precisa de mejo­res imágenes. El Toledo de Sorolla sería así un ejemplo más de la alegre proclamación de la hermosura física de España, tarea con la que los artistas del 98 trataban de equilibrar su paralela frustración histórica. Estamos ante un Toledo idealizado, pero no traicionado: nada en la hermosa visión de Sorolla nos parece exagerado o impropio; nada es pedante ni decorativo. Y, ante tan excelente ejemplo de idealismo, el contemplador acata su verosimilitud —su realismo— con una sorprendente naturalidad.

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