Jesús Cobo

Cuando pude ver en Madrid,   hace muchos años, en una muestra de arte   mejicano,el Toledo de Diego Rivera, me causó una sensación de sorpresa y luego de desconcierto: esa visión no se parecía a  ninguna otra: lo que allí se representaba era Toledo y no lo era, y, sin embargo, esa contradicción era sólo aparente. El cuadro me gustó, desde luego: tiene valores indudables.  En esta obra, realizada en 1912 y conservada en la ciudad mejicana de Puebla de los Ángeles, vista de la vertiente oriental y meridional de Toledo, encuadrándola con cuatro edificios significativos: en la parte superior, la catedral y el alcázar; en la inferior, la torre del Hierro y la casa del Diamantista. Diego Rivera, que había conocido recientemente en París los atrevimientos de las vanguardias con la pintura de paisaje, no llega a descomponer el de Toledo; no intenta la dislocación topográfica, pero parece haber querido insinuarla fraccionando la representación por medio de masas de fuerte coloración, yuxtapuestas y muy significativas. El resultado es sorprendente, pero, a la larga, escasamente renovador. Se trata de una composición estrictamente académica, un poco rígida incluso. Rivera, que manejó siempre con soltura perspectivas audaces, se muestra aquí muy sobrio; apenas lo que necesita para producir una doble sensación ascendente: de izquierda a derecha, muy pronunciada, parte de la actual cornisa; de la parte inferior a la superior, la larga calle del Barco, tomada en escorzo. Simplemente con esto ha conseguido solucionar con soltura difíciles problemas de perspectiva; en ese terreno, Diego Rivera fue siempre un maestro.

Diego Rivera, Toledo, 1912. Fundación Amparo de Espinosa, Puebla (México) 

 

Todo es limpieza, frescura y sencillez; en definitiva, orden. La imagen de la ciudad aparece como una selección de elementos formales individualizados y bien ordenados. Rivera ha representado algunas de sus características esenciales: su asiento rocoso, el relieve en cuesta (“esa montaña que precipitante” de Góngora), la luminosidad imperiosa, el predominio de los segmentos rectilíneos. Más novedoso y atrevido resulta el tratamiento del color, posiblemente su mayor acierto. El pintor ha llenado su cuadro con una luz difusa y radiante que ha dado a los colores una limpieza y una intensidad admirables. Rivera ha vestido a Toledo. Le ha puesto un traje vistoso, de colores elementales y llamativos; resulta una ciudad alejada de sí misma, reconocible pero extraña. Su visión de Toledo es, en cierta medida, fantasmal. 

La composición, que es muy sencilla y eficaz, se escalona en tres niveles: en el superior, la ciudad (con su cielo); más abajo, el río, y en los extremos inferiores, a izquierda y derecha del cuadro, dos ramilletes de flores rojas, opulentas, espléndidas, pero seguramente inoportunas. Su belleza, innegable, distrae la mirada y  añoña  la imagen. Pero, aunque absolutamente superfluo, el ma- nojo de flores no llega a ser una pedantería. Alguna vez, recordando esta obra, he pensado que acaso las flores sean una evocación del gran ramo que El Greco colocó a los pies de la Virgen en la Asunción, que Rivera admiró en la iglesia de san Vicente. Como quiera que sea, la inclusión de esas flores espurias y otros aspectos técnicos del cuadro (como el color y la estructuración general de la obra) parecen influenciados por las técnicas del cartelismo y son como resabios descolgados de la ya entonces decadente estética modernista. 

En el Toledo de Rivera, el valor estético de la representación es absoluto; la deshumanización, total. Rivera ha conseguido un Toledo en quietud, ajeno a todas sus circunstancias temporales. Pura belleza. Fría belleza, sin latido, sin pulso. Hasta las breves flores parecen haber perdido su vitalidad, no su hermosura; son un recuerdo helado, nada más. La adecuación entre la representación y su metáfora es, en este caso, altamente improbable. Parece claro que al pintor, este aspecto, no le ha preocupado apenas. Para él, Toledo ha sido puro medio, circunstancia, camino. Como lo pueda ser un maniquí. La realidad final no alcanza a ser una entidad; es, sencillamente, un hecho estético. No es un Toledo conocido, aprehendido, resuelto; es un Toledo fabricado, un capricho del arte.

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