Tomás Paredes

Presidente de AICA Spain

 

El montaje de una exposición es determinante. Si bien hecho, percibimos con facilidad la obra, la presencia que la ahorma ¿Somos conscientes de lo que nos proporciona una idónea disposición? Cuando es malo, arruina el trabajo de un artista o lo deturpa.

Cuando he accedido a la Sala Maruja Mallo de Las Rozas, a contemplar la muestra “De vuelta a casa” de Vega de Seoane, he percibido, asohora, el orden que la impulsa. La sencillez, la limpieza que nos acerca a sentir las pinturas. La responsable del montaje, cuajado de matices, es Paula Alonso, para ella mi enhorabuena.

Vega de Seoane, EVS, está participando en la feria de Berlín con la galería ZSart de Viena, donde expondrá en junio, pero refiero la de las Rozas, C. C. Pérez de la Riva, obras fechadas entre 2008 y 2018, óleo y acrílico/lienzo. En algún momento, uno cree adivinar una figuración fragmentaria, pero es abstracción, en la que las manchas cromáticas componen una conversación del pintor con el lienzo, murmullo de cromías que le enlazan a las de M .H. Mompó, por veces; otras, con la introducción del jazz en el expresionismo abstracto.

Siete grandes formatos, dos medios y seis pequeños conjuntan una isla de claridad, mucho resplandor, algunos oscuros y profusión de azules en todas sus edades. En Sebastián en sueños, Georg Trakl, poema “Infancia”, afirma: “Un instante azul es sólo ya alma”...”y en el sagrado azul perduran resonancias de luminosos pasos”. Los que da el autor con sus manos con el temblor de una gacela que esquiva atraviesa un bosque.

¿Por qué pinta un pintor? Porque necesita imperiosamente verter sus sensaciones, los misterios que le acosan; porque sólo la naturaleza no basta, porque el hombre que pinta deja su vestigio, físico y espiritual, igual a quien escribe un poema. El estadio espiritual que el artista encarna se traduce, no en figuras, ni objetos, sino en ambuezas de color, que se arraciman hasta crear una atmósfera polisémica.

EVS encontró su lenguaje tiempo ha y lo continúa perfilando, sajelando, limpiando de anécdotas, de todo aquello ajeno a la pintura. Y desde entonces es un solitario. Aquí sólo hay pintura que edifica un palacio por cuyas estancias se deambula con placer.

El artista debe perseverar, reincidir. Lo más prosaico es decir que siempre pinta el mismo cuadro, que no es cierto. Lo natural es dejarse invadir por esa emoción que nos capta. Lo complejo, preguntarse por qué nos adherimos a algo que no llegamos a comprender. Pero el arte no es materia de comprensión, sino de sentimiento.

El artista, si lo es, no debe buscar recompensas que excedan las que le proporciona su obra. El arte no es una carrera económica, sino un camino de afirmación de una personalidad, de un carácter. No trabaja para entretener, sino para agitar percepciones.

Muestra corta en obras, grande en significantes. Breve e intensa, poderosa en su simplicidad: la jerarquía de los colores escriben un relato emocionante y mágico. Merece el viaje a Las Rozas, centro urbano despersonalizado, para robar cómo podemos enriquecernos con el arte, en soledad, aislados del bullicio que está tan metido en lo que pasa, que no sabe lo que pasa, que es donde bulle lo que pasa, como sugiere Azaña. Blanco adunia, gestos de bermellón y ocres, trazos como llovidos del cielo, que se posan en el lienzo y conforman un canto a la libertad, al humanismo, generando energía para ser. (Se reproducen dos piezas de 2010, Blue blow,(85x250 cm) y En el mundo blue (140x170 cm). Abierta hasta el 6 de mayo)

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