10 Visiones de Toledo

Jesús Cobo Ávila

La dimensión religiosa aparece muy poco —casi nada— en las visiones plásticas de Toledo, a pesar de la presencia dominante de los edificios religiosos. A mi recuerdo viene ahora el Toledo de Sergéi Rovinsky, una procesión extraña y de simbología complicada en la que la ciudad queda en un fondo de referencia neutra. El pintor regaló su obra al cabildo de la catedral de Toledo y en este templo se conserva. Sobre el mismo tema, el propio artista abrió un grabado litográfico, que se usó en el protocolo del acto de entrega de la donación, el día 21 de abril de 1935. Conservo un ejemplar de ese grabado, que es rarísimo.

El tema de la obra es la exaltación y triunfo de la cruz. En el centro del cuadro, anclada en la cumbre de uno de los cerros fronteros a la ciudad, Rovinsky ha diseñado una cruz formalmente interesante, pero de tan excesiva robustez que resulta discorde; toda la composición general, que es buena, se resiente de ello. La imagen de Toledo —que ocupa toda la parte superior— sugiere una fría ciudad de pesadilla, más cercana al surrealismo que al análisis de la realidad. En la zona inferior del cua- dro, una procesión de clérigos se dirige hacia la cruz y, en parte, la rodea: unos acólitos, con nueve mangas y dos largos candelabros, preceden a un grupo de canónigos a los que sigue el arzobispo (con mitra y báculo y en actitud de bendecir) acompañado por dos de sus fámulos. En primer plano, diez personajes toledanos asisten como espectadores al paso de la procesión, aunque sólo el primero y el penúltimo de ellos observan con atención; los demás están distraídos. La cabeza que aparece en el segundo lugar de este grupo podría ser un autorretrato de Rovinsky.

La estética del pintor en esos años —y no sólo en sus representaciones de Toledo— anticipa planteamientos surreales (esto es, sobrerrealistas, que superan o trasciende a Diez Visiones De Toledo den la realidad).

Sergéi Rovinsky, El triunfo de la cruz (litrografía), 1935, colección del autor, Toledo

Esa trascendencia podría incidir sobre el sentido religioso de esta obra; pero tenemos la impresión de que se trata de una intuición equívoca. En particular, la procesión nos sugiere la idea de que, con ella, no se alude a una ascensión mística sino iniciática: todo, en efecto, evoca el ritmo ascendente y jerárquico de las iniciaciones. No estamos ante una religiosidad que anhela la trascendencia sino ante una búsqueda de la prodigiosa energía espiritual que la ciudad encierra. El objetivo final sería el hallazgo del misterioso “secreto” que da sentido a esa energía. Todo en el cuadro parece evidenciarlo: la cruz. Queda bien claro el medio que resulta esencial en todos los procesos iniciáticos: la ascensión; ello conduce a soluciones plásticas en las que sobresalen las estructuras cónicas o piramidales.

La procesión tiene, además, una estructura compositiva que recuerda la de las calles de la ciudad: tortuosas y con fuertes pendientes. Estaríamos así ante una doble simbología cuyo alcance final se nos escapa. Mas, queda claro que la ciudad conforma caracteres humanos (tipos) y es conformada por ellos. La inevitable cerrazón topo- gráfica de Toledo tenía su trasunto social en una tipología abigarrada y pintoresca, ciertamente admirable; a los rasgos derivados del provincianismo se sumaban los del reducido espacio vital, y se generaban reacciones, a la vez, irónicas y desdeñosas. La abundancia de tipos era desmesurada y ésta es otra de las riquezas mitológicas que se han ido perdiendo después de la guerra civil. Rovinsky ha incorporado a su procesión a varios tipos toledanos de la época; a algunos, hemos llegado a conocerlos. Con ello, parece confirmar que existe, si no una alianza, un entendimiento misterioso entre la ciudad y sus habitantes (o, al menos, algunos de ellos, los verdaderos tipos).

VISITAS AECA

2838743
Hoy
Ayer
Esta semana
Última semana
Este mes
El pasado mes
Total
646
1188
1834
2818274
21344
27231
2838743
DMC Firewall is a Joomla Security extension!