Jesús Cobo / Miembro de AECA

 

Todavía más adelante en el proceso de desvinculación temporal de la imagen de Toledo llegó, en 1964, Francisco Farreras.

        Su gran collage mural, que tuvo ensu momento notable aceptación, ha sido después poco recordado. La obra formaba parte de uno de los dos restaurantes (el llamado “Toledo”) del pabellón de España en la Feria internacional de Nueva York de 1964. Una vez acabada la feria, el pabellón español —o una parte significativa de él, y con ella el mural— fue trasladado  a la ciudad de San Luis, Missouri. Y  allí debe de estar  el gran Toledo de Farreras. Que, desde luego, yo no he visto sino reproducido. Me atengo para acercarme a su visión a la espléndida maqueta que el artista presentó a los organizadores del pabellón, conservada ahora en el museo de arte contemporáneo español de la Fundación Juan March, en Palma de Mallorca; la maqueta es una obra excelente, muy bien ejecutada en formato mediano.

El artista ha logrado una representación inquietante.

Francisco Farreras, maqueta del mural Toledo, 1964, Fundación Juan March, Palma de Mallorca. Diez Visiones De Toledo

Porque en ella se han eliminado todas las referencias o alusiones dinámicas. Todo está quieto, inerte. Toda velocidad, incluso la que podría sugerir el agua del río, se ha anulado. Pero, la ausencia de velocidades, en un universo donde el espacio continúa teniendo sentido (y se puede, por tanto, medir), exige un tiempo infinito; esto es, un tiempo liberado de sí mismo, que se trasciende y reniega de sí: un tiempo roto. Esta es la gran metáfora, la precio- sa metáfora del Toledo de Francisco Farreras.

Confieso mi entusiasmo por el Toledo de Farreras, atrevido, arriesgado y emocionante. Una gran idea estética muy bien desarrollada. El artista ha llevado la abstracción de la ciudad hasta extremos insólitos: un poco más y sería música. La representacion sugiere serenidad y vigor en lo representado, calidades propias de la energía interna del peñón toledano. El pintor renuncia con acierto a cualquier referencia temporal (histórica): apenas se ha esbozado uno de los puentes, exquisitamente sobrio, que parece actuar sólo como una marca de garantía. (Volvemos a encontrar el motivo misterioso del puente, de simbología fascinante). Toledo es arrancado al tiempo, a la historia, a su propia consagrada belleza; se ha buscado el origen, la base, el fundamento de la  ciudad mítica. Y se ha hallado en una materialización geológica de su energía. Se buscó un sinsentido —o un metasentido—, pero no un absurdo. La representación de la ciudad como una estructura que se aventura se impone por sí misma, desde su propia entidad metafórica.

      Con la serena elegancia que caracteriza a toda su obra, Farreras impone a su Toledo distinción y pureza; es decir, soledad. No hay ningún elemento que ayude a definir, a caracterizar o a decorar; todo es esencia, sin sombra ni acento costumbristas. El Toledo de Farreras es pura metáfora, idealismo radical. La propuesta, que nació del misterio, hacia el misterio se dirige. En rigor, el Toledo de Farreras se nos ofrece como una revelación: el desvelamiento de una realidad misteriosa.

   Pero, ¿es acaso posible la representación plástica de una idea? Es ésta una cuestión en la que eternamente se debate la estética. Y que, apurando su idealismo, nos permite inquirir: ¿se puede representar una metáfora? Esto precisamente es lo que Canogar y Farreras han pretendido hacer en sus visiones de Toledo. Farreras reduciendo todo el arsenal representativo a solos dibujo y color; Canogar casi a sólo dibujo. En ambos casos, el resultado remite a una energía gigantesca, telúrica, más estática (pero no menos poderosa) en Farreras, más dramática en Canogar.

El collagede Farreras exigió una técnica depuradísima. El artista ha dispuesto dos masas de estratos nubosos como si fuesen las alas de un inmenso animal aéreo que las extiende sobre la ciudad, creando dos sistemas de curvas —construidas delicadamente con tiras de papel encolado— que equilibran, y al tiempo enmarcan,  al gran peñón toledano, representado por un elipsoide central de rotunda estabilidad. El artista se muestra muy severo en el color: marfiles, negros, ocres; algo inhabitual en las imágenes de Toledo: su intención es conseguir la concentración de las sugerencias tectónicas y acentuar el carácter telúrico del peñón. Farreras ha intuido con admirable lucidez que la esencialidad de Toledo tiene bases geológicas: el peñón y el encaje del río; la ciudad y todo su bagaje mítico son una consecuencia de su privilegiada geología.

Tanta serenidad inquieta; porque, además, no viene de su mano la comprensión sino el presentimiento de un misterio escondido que, a su vez, esconde. Realidad velada, misteriosa; del natural se aprovecha, apenas, un eco de la forma. En realidad, el natural se amplía: la rea- lidad supera inmensamente a la naturaleza, la trasciende. El Toledo de Farreras es plenamente místico. Por eso me parece una de las visiones más afortunadas: prescinde de casi todos los apoyos posibles y propone una indagación honda sobre la esencia de la ciudad, no sólo formal sino también estética. El auténtico Toledo inaprehensible y agónico, que lucha a muerte con lo temporal, está aquí rigurosamente intuido: una ciudad siempre —a la vez— muerta y viva, en la que se produce cada día el renacimiento y la derrota de la belleza. Farreras ha sabido mostrar mucho de lo que fue Toledo antes de serlo y mucho de lo que será cuando ya no lo sea.

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