Por JESUS COBO, Miembro de AECA

 

Juan Alcalde es posiblemente el único de los diez pintores elegidos cuya visión de Toledo recoge con naturalidad una componente irónica. En este salto metafórico, en el que la gracia del pintor vuela y voltea, la dImensión irónica se alberga sobre todo en la materialidad de la obra, un collage de gran formato en el que se utilizan telas de poca vistosidad pero de lujoso efecto. La sugeridora gracia del trazo, propia de su estilo, se sustituye aquí por una alegre distribución de recortes de tela que genera una dulce ilusión perspectiva.

Que ha disfrutado y ejercido el privilegio artístico de saber conjugar, con delicada discreción, el sufrimiento y la alegría, ha creado un Toledo feliz, un escenario para prodigios y magias de la fantasía, un Toledo de ensueño para vivir en él la vida de los cuentos. En realidad, Alcalde, al expresar de esta manera su visión de Toledo, nos ha contado un bellísimo cuento; algo que, con Toledo, han hecho pocos, casi nadie.

Juan Alcalde, Toledo, propiedad del artista, Madrid.

 

El dibujo somero —aunque enérgico— debido a los contornos de los trozos de tela, y, sobre todo, su colorido, construyen la ciudad. La arbitrariedad y el atrevimiento cromáticos, que tienen una función provocadora pero también irónica (con una ironía que no abandona nunca la ternura), pretenden liberar a la imagen artística de su modelo natural; aunque sólo lo logran a medias:  la carga icónica y cultural del modelo es tan grande que el mito toledano se acomoda de nuevo en lo que parecía independizarse de él. Tal vez debido a la potencia ancestral del mito que recoge, no sea posible apreciar en ésta el apacible humorismo que suele caracterizar a las obras de Alcalde.

En un pintor tan experimentado y sabio como éste es difícil suponer excesiva ingenuidad; lo que inunda y da sentido a su visión es la ternura, una enorme ternura, por la vida y las cosas. El Toledo de Alcalde es la ciudad de los cuentos fantásticos, una ciudad fantástica en cuya percepción y expresión el artista ha derrochado fantasía. Lo que en otros hubiera sido disparate es en Alcalde libertad creadora, intuición de esencias, verdad. Nos ha mostrado un Toledo que existe (uno más de los muchos Toledos reales) y que no es fácil descubrir. Juan Alcalde, sumergido en el misterio de Toledo, ha realizado un auténtico viaje lírico en busca de la esencia de la ciudad. Y ha acabado encontrándola.

La visión de Toledo de Juan Alcalde encaja con naturalidad en su visión del mundo. La fantasía del artista nada tiene que ver con prestidigitación exhibidora, nada con truculencia o con engaño. Alcalde, gran pintor de toreros anónimos y de conmovedoras escenas taurinas, se ha puesto muchas veces el mundo por montera. Aquí, toro y montera son Toledo. Y el artista, en un desplante de vitalidad y valentía, ha logrado llevar a este toro tan toreado a unos terrenos sorprendentes. Todo aquel que contemple esta ciudad de trapo no podrá refugiarse en querencias. El gran viaje que para un espectador implica el arte grande es siempre de alta mar, no de bajura.   A esos terrenos de la vida y la muerte, del sueño y del amor —que son los de los cuentos—, nos lleva Juan Alcalde con su eterna sonrisa de niño. El artista, que tantas veces se ha “reído del mundo” para sobrevivir a sus dolores, da en esta obra un nuevo salto de la gracia. La suya. Y ofrece, generoso, para la nuestra, un hermosísimo juguete.

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