Por JESUS COBO, miembro de AECA

 

José Sánchez-Carralero es pintor de gran potencia y enorme poderío: la potencia se manifiesta en la concepción del hecho artístico; el poderío, en su ejecución. Es un pintor muy atrevido, porque trabaja con una serena seguridad, debida a sus dotes de dibujante y colorista, pero también a su aguda inteligencia creadora. En 1992 ganó el premio BMW de pintura con una vista de Toledo desde el puente de san Martín, un lienzo de gran formato y técnica mixta que ofrece una visión selectiva de la ciudad.

Como es habitual en la pintura de Carralero, la composición del cuadro es excelente. Y  muy llamativa. Hay Diez Visiones De Toledo en él tres protagonismos señalados: el del puente, el del río y el del peñón (sobre el que parece cabalgar una cadena o procesión de edificios encabezada por la iglesia de san Juan de los Reyes). Otras dos zonas del cuadro sirven para enmarcarlo pictóricamente: en la parte superior, un cielo duro y tormentoso rige la luz de toda la obra; en la inferior, una alusión muy suelta a los cerros de la ribera izquierda del río, desde donde, en rigor, se ha tomado la vista.

 

José Sánchez-Carralero, Toledo desde el puente de san Martín, 1992, VII premio BMW

La energía cromática y compositiva de la obra induce en ella un dramatismo que alcanza casi la violencia:  una hermosísima violencia como medio para aprehender (conquistándola) una realidad escurridiza y que, de tan  enormemente repetida, podría haber dado lugar a una re- presentación blanda y almibarada. La visión de Carralero es opulenta y generosa, derrochadora. No conmueve, derrota. Al mirar este cuadro, el espectador disfruta sobre todo con la “pintura”, con lo que es forma, materia y color. Toledo (la visión de Toledo) pasa a ser secundaria, pretexto ilustre para un alarde plástico. Lo que sobresale en esta visión toledana no es tanto la insinuación sugestiva de la ciudad como la rotunda y jubilosa afirmación de la pintura.

Todo resulta vigoroso. Carralero simplifica visiones prestigiosas, como la de Zuloaga, e intensifica el trazo, el color y la soltura de la forma para aumentar la expresividad de lo representado. Aun compartiendo el vigor general, la perspectiva es armoniosa. Ante Toledo se crea un hueco gigantesco y diáfano que acoge a una atmósfera transparente y activa. La ciudad aparece como testigo —dando fe— del milagro del torno del Tajo. El río aísla, conforma y defiende a la ciudad; la abraza. El puente templa al río (un puente en el que parecen haber- se quedado pegados los rayos del sol): lo que se construyó como una servidumbre para el paso señorea ahora el imperio del agua; el Tajo, que venía impetuoso, pasa bajo los arcos y parece como si el puente de san Martín se lo tragase.

 En las dos grandes abstracciones toledanas de Cano- gar y de Farreras impresiona la energía interna que sugieren las obras, que representa metafóricamente la de la ciudad; es una energía de carácter tectónico. La energía que se manifiesta en los toledos de Zuloaga y Carralero es más externa y accidental; se refiere más a la geometría y a la fuerza aisladora y conservadora del río (también, en definitiva, de condición geométrica). Carralero, que es un pintor apasionado, ha sabido entender y expresar la pasión que subyace en Toledo, por debajo y por encima de su historia, pasión de sitio, de lugar, de topografía. Toledo, una vez más pero con singular originalidad ahora, aparece engendrado por la propia naturaleza. La visión de Carralero, en la que el pintor manifiesta su gozo de serlo, vuelve a probar la inagotable fertilidad plástica de Toledo, que debería haberse gastado ya, después de tan innumerables ensayos de representación, pero que resulta ser inmune al desgaste.

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