LEYVA, POETA

 

Sin saber cómo, ¿o sí?, el ideario colectivo va forjando la imagen de una persona, que se convierte en un cúmulo de tópicos o perspectivas sesgadas, que difieren harto de su realidad y acaban distorsionándola. Es lo que sucede con Leyva, no el cantante que se escribe con i latina, sino el poeta, este con y griega.

Para la mayoría, un vetusto galerista expuesto en su rincón orfilero. Para otros, un gruñón hosco, áspero, hasta cuándo va a vender un cuadro. Para tantos un desconocido que está siempre al fondo, mirando a la derecha al entrar en la galería. Para mí, un poeta al que admiro, una sombra iluminada. Lo más complejo es deshacer estas ideas generales que nuestros congéneres se forman sobre un nombre determinado, sin tomarse la más leve molestia en contrastar su correspondencia con la realidad.

Antonio Leyva, que nació en las Alpujarras granadinas el siglo pasado, iba para leguleyo, pero fue abducido por la creatividad y su difusión.  Galerista, sí, pero editor, promotor, fundador de revistas culturales, pionero en tanto, manuductor, ensayista, crítico de arte, polígrafo y, ante todo, poeta, poeta social. Más de sesenta títulos ahorman su variada bibliografía.

En ninguna de sus obras se muestra tan nítida su personalidad, su entidad, como en el poemario que acaba de editar Nueva Economía Social S.L., inaugurando su colección “Terrea Natio”, Ventanas cerradas cerraduras, Madrid, mayo de 2018. La obra se presentó a bombo y platillo en la Galería Orfila por Fanny Rubio, y extraña el silencio que la posterga desde entonces.

El libro se compone de trece calas, trancos o poemas en prosa, más un apartado final “Préstamos y usurpaciones”, citas de grandes poetas de los que se sirve el autor al tiempo que coadyuvan en su actitud. Las páginas están sembradas de dibujos de Qijo, muy oportunos y empáticos, y con ilustraciones abstractas de Rebeka Plana, que no tienen nada que ver con el ambiente que se respira del contenido.

No es fácil su lectura, ni ayuda la tipografía; es una escritura apretada, de un ritmo agobiante, que no te da sosiego. Una melopeya, por veces majestuosa, que nos lleva al galope y nos trae, en un vaivén entre reflexiones trágicas y existencialistas. Todo en minúsculas, sin puntuación, sin concesiones, donde se imbrican el pasado y el presente y el futuro destila la hiel de la incertidumbre ¡Prosa aromada de lírico perfume sobre herrumbre y ceniza!

Una suerte de automoribundia, de memorias, de repaso a su andadura, que conforman un fresco impresionante, histórico y existencial. Es la geografía humana, sentimental e intelectual de Antonio Leyva, sus paisajes y paisanaje, su recuento de ventanas cerradas, de cerraduras herrumbrosas, de muros que tuvo que saltar para poder asomar la cabeza, respirando a través su poesía.

Elegiaco, comprometido, pesimista, barojiano, solanesco, eliotano, ácido, va tejiendo un tapiz vanguardista donde se abrazan los deseos y las derrotas, los sueños y los fiascos, la humillación que sufre una generación en la posguerra y la crónica de un tiempo gris panza de rata y sabor de alfoz.

En Ventanas cerradas cerraduras está Leyva en plenitud, descarnado, melódico, perverso, irónico, osado, glorioso y ofendido, imbele, sobrio, ebrio de decir. Las Alpujarras, Granada, Sevilla, Madrid, aparecen como fantasmas, cruzando a zancadas esta ópera brechtiana de títeres y héroes, gigantes y cabezudos al son de una banda municipal dirigida por un cascamorras de Mateos.

Cuenta y razón de la vida de un hombre, redoble de conciencia y descargo, cabe una farándula de aguas y jazmines donde arden las pérdidas, que la muerte ausenta. Aquí están sus amores y desamores, su desazón y su llaneza, una nueva poesía social donde repican las campanas y los gritos, las miserias y grandezas del hombre y el esplendor de un poeta que interpreta su música en el piano destrozado de Hölderlin.

Suena a despedida, pero el poeta nunca dice la última palabra. Su obra más compleja, más penetrante, más descarnada, más humana, más incendiaria, más fresca, como una enredadera trepa los tapiales y se asoma a mil precipicios, siendo el más hermoso el de su escritura.

Hay en esta Asociación Española de Críticos de Arte, a la que pertenece Leyva, un haz generoso de poetas- Carlos Murciano, Jesús Cobo, J.M.Bonet, Carmen Pallarés, Benito, Antonio Domínguez Rey, Pisonero, Carmen Bermúdez, Gianna, Julia Sáez-Angulo, Mª Tecla Portela- cada uno con su idiolecto, con su mundo propio, como este que expresa ahora Leyva, uniendo el rigor esplendente de la poesía a la memoria y los sueños.

 

                                                                                                                 Tomás Paredes

                                                                                                                Miembro de AICA

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