Los seres de barro de Lalupú

Mª del Socorro MoraC

Dra. en Bellas Artes y miembro de AECA y AICA

(Comisaria de la muestra)

Y recuerdo que un día mi paso se detuvo

por ver un alfarero que batía su barro:

Y el barro en frase tímida su frenesí contuvo:

¡Suave, hermano, mi forma también tu forma tuvo!

Omar Khayyam

 

Al observar la obra de Wilmer Lalupú una serie de emociones e interrogantes inundan nuestra mente. Más allá del magistral manejo del color, sus propiedades, contrastes y texturas advertimos una serie de mensajes, muy oportunos para este mundo deshumanizado y estresado. En un momento confuso para el arte, Lalupú tiene el coraje de comprometerse y expresar lo que piensa porque, como dice Cameron: “Los artistas somos visionarios. Nuestra práctica habitual se basa en la fe: vemos con claridad un objetivo creativo que resplandece en la distancia y nos movemos hacia él a pesar de que, por visible que sea para nosotros, quienes están a nuestro alrededor no lo ven”[1].

Según Zeki, uno de los pioneros de la Neuroestética: “Solemos reconocer a los individuos por su rostro, ya que la expresión facial es de gran importancia para la interacción y comunicación humanas. Puede indicar placer o desagrado, deleite o frustración y muchas otras cosas.” Y agrega con cierto humor: “[…] no podemos ignorar que el cerebro ha dedicado todo un área  al reconocimiento de rostros, mientras que nadie ha descubierto un área cerebral específica para los hombros”[2]. Y son los rostros de Lalupú los que nos comunican una angustia existencial y real. Podríamos decir que son rostros anónimos, pero en ellos reconocemos el sufrimiento de todo un pueblo. Un estrés colectivo y ancestral al que le acompañan todo tipo de circunstancias y seres, seres de barro como somos todos, pasajeros e insignificantes. Sapolsky[3] nos dibuja brillantemente todas las interrelaciones del estrés y la elección entre “luchar o huir” que constantemente realizamos no sólo los seres humanos, mientras que otros prefieren “quedarse y ser amigables”.  Todo esto ha sido captado por nuestro artista con una profunda sensibilidad,  de  modo  que  cuando  contemplamos  su obra, podemos  sentir a los desheredados de  la tierra, ya sea a los que han sufrido la devastación de un fenómeno como “El niño”, a aquellos que luchan en el mar tratando de alcanzar occidente en pateras, a los que huyen de las guerras o de un incendio provocado por una mente asesina. Ahora ya no se realizan sacrificios a los dioses, pero desgraciadamente existen demasiados sacrificados por el sistema. ¿Será cierto lo que dice Harari,[4]que en un futuro, gracias a la tecnología, seremos “gente inservible”?  Es posible que no sea debido a la tecnología, sino debido a la falta de empatía y consciencia, pero sobre todo debido a la carencia de un  sentido vital más allá de nuestro propio egoísmo. Además, como escribe  Zeki: “Una de las funciones del cerebro es infundir sentido a este mundo, a las señales que recibe. Producir un significado equivale a encontrar una solución. Pero el cerebro comúnmente se encuentra en condiciones donde esto no es fácil, porque se enfrenta con varios significados de igual validez.”[5] En otras palabras, hay fuerzas opuestas que luchan en nuestro interior, produciendo tensiones y desarmonías.  Y la obra de nuestro artista produce en nuestro cerebro una serie de contradicciones. Por un lado está el juego del color, la composición, el contraste gracias a la armonía de los opuestos,  la lúdica búsqueda de formas escondidas. Por otro lado, el impacto visual de lo que no quisiéramos ver, del desastre instalado, el dolor estéticamente expresado, pero dolor al fin y al cabo. Se siente el compromiso con su entorno, con su tierra, con su gente. También nos encontramos con lo incompleto, sobre todo en sus tintas y dibujos. Las leyes de la Gestalt y las experiencias anteriores nos permiten completar las formas. Lo “non finito” de estas obras hacen que Lalupú de un paso hacia adelante y se aleje del ayer, con su gusto por “lo terminado”. Bien lo expresa Zeki: “...Para la mayoría de las personas, dejar las cosas sin terminar significa dejarlas incompletas. Su significado en el arte es un poco más complejo. Durante mucho tiempo, el ideal en la pintura fue la representación detallada, en la que la precisión de la representación fue muy valorada y donde todo se llevó a un acabado completo”[6].

Wilmer Lalupú, con sus “Seres de Barro” nos recuerda cual es nuestro origen y nuestro destino. Grito, abrazo, duelo,  muerte, huida, recuerdo, desastre,  despedida: todo esto forma parte del lenguaje y del mensaje artístico de esta serie.  En el breve espacio-tiempo de nuestra existencia tenemos constantemente que elegir. Algunos valientes, como es el caso de Lalupú, eligen no quedarse callados y mostrarnos con sentido neuroestético lo que está pasando a nuestro alrededor. De los azules y naranjas que retenemos en nuestra memoria, así como de los rostros deformados y del cúmulo de cuerpos sin vida que impactan nuestro cerebro, obtenemos una lección de resiliencia y constancia. Un mensaje claro para todos aquellos que sepan observar y procesar sus imágenes: no es tiempo de rendirse, es tiempo de continuar y perseverar.

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[1] Cameron, Julia. (2011). El Camino del Artista. Un Curso de Descubrimiento y Rescate de tu Propia Creatividad. Madrid: Santillana,  p. 17.

[2] Zeki,  Semir. (2005). Visión Interior: Una Investigación sobre el Arte y el Cerebro. Madrid: Machado Libros, pp. 185-186.

[3] Sapolsky, Robert. (2004). Why Zebras Don’t Get Ulcers. New York: St. Martin’s Griffin.

[4] Harari, Yuval Noah. (2016).  Homo Deus. A Brief History of Tomorrow. London: Vintage.

 [5] Zeki, Semir. (2009). Splendors and Miseries of the Brain. Love, Creativity, and the Quest for Human Happiness. Oxford: Wiley-Blackwell, p. 87.

[6] Ibídem, p. 107.

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