arte efimero

 

Ídolo moche, kon cacique del color, sol andino, pétalo de cobre y sueño.

 

Talla media, esbelto, fibroso, fuerte, cetrino. Las secuelas

han puesto niebla en su voz, que suena con sordina, tal un

susurro. Oasis de alegría, raudales de optimismo. Todo lo

achaca a la suerte, cuyo ángel le protege hechicero, con el

carisma del milagro. Gálbula de fuego en la arcilla.

San Pedro de Lloc, 1932. Estudia en Buenos Aires, marcha

a Brasil, regresa al Perú. San Francisco, N. York, vuelta pa-

ra descubrir Perú. 150 colectivas, 50 individuales, premios

en Perú, USA y Japón. Su pintura, finales del 70, recupera

la identidad mágica mochica. Santo y seña del arte peruano,

de la emoción, del misterio, de la belleza, relámpago inca.

¡Lúdico, épico, mágico, diáfano, exergónico, ritual, mítico!

 

¿Cómo fue tu infancia?

Muy hermosa, en una pueblo chiquito. Mi casa era de mujeres: cuatro hermanas, mi madre, mi abuela;  mi padre y yo estábamos como príncipes. Fui a un colegio de curas. Adoraba a mis hermanas, les coloreaba los dibujos a cambio de ceviche. Mi padre tenía un bazar y era un pueblo rico por el arroz.

 

¿Por qué el arte?

No lo sé. Un profesor mío, que era carpintero, pintaba a la acuarela y me fascinaba. Una navidad le pedí de regalo a mi padre colores y me trajo 12 anilinas, hice con ellas 140 colores. Y dibujaba el arco del puente sobre el río Jequetequepec. Mi padre quería que estudiara médico o abogado. No sabía como decirle que no. Vino mi abuelo, que era un hombre importante y me preguntó qué quería ser: artista, le contesté, pero papá… Bue-no, déjame hacer. A los pocos días, mi padre me dijo que me iba a Buenos Aires a estudiar Medicina. Y mi  abuelo, sonriente: tú te vas a Buenos Aires, lo que estudies es cosa tuya.

¿Cómo fue el viaje?

Un disparate y una maravilla. Iba con otro compañero de mi pueblo. Al llegar a Lima, con 3.000 soles, nos metimos en el mejor hotel, en lugar de sacar el billete de avión. Al gastar la mitad del dinero, tuvimos que ir en tren y bus. Duró 18 días, en cada país se unían otros que iban a estudiar y aquello fue una juerga continua en un vagón de 2ª.

¿Y comienzas Medicina?

Claro, a la vez que Bellas Artes, Escuela Ernesto de la Cárcova. En el Instituto Torcuato de Tella, me hice amigo de Romero Brest que me dijo que tenía que estudiar con Rosa Frey. No tenía dinero, y no me cobró, pero las frutas que llevaba para pintar, al final de la noche nos las comíamos. A los tres años, mi padre no podía mandarme dinero, la se-quía había acabado con el arroz y llegó a mi pueblo la pobreza.

 

¿Y….?

Trabajé en una fábrica de autos. Un día entré en el habitáculo del Sr, Verde, quien medía los tornillos. Estaba escuchando música de ópera. Entonces le llevé un disco de ópera y le gustó tanto que me tomó bajo su protección. Aprendí e inventé un nuevo sistema para medir y Verde estaba muy contento. Le llegó un ascenso y ganaría el triple. Y como nadie sabía hacer su trabajo, le sustituí, y también me triplicaron el sueldo. La suerte, de nuevo.

¿Vuelta a Perú?

Por unos meses. Viajé con María, embarazada y regresamos a Buenos Aires y busqué  galería para exponer. Fui a ver al embajador de Perú y logré que me pagara el catálogo. Una inauguración apoteósica. La Galería tenía dos salas. La primera estaba sin cuadros, llena de ramos de flores, pues cumplía 80 años y lo celebraban; en la segunda, mi obra. Cuando llegó el embajador con 18 embajadores más que había invitado y vio la escena se quedó maravillado. Me dijo: acerté al ayudarle, pero no sabía que era tan importante. Me pidió que señalara el cuadro más caro y me lo compró. Otra vez la suerte.

¿Viaje a Brasil?

Con el lío, el éxito fue mayor. Al día siguiente,  me invitó a comer el embajador, le dije que me iba a Brasil. Me consiguió visado, billetes de avión y una carta para el embajador de Río, para que consiguiese el viaje a Lima. Llevaba 40.000 cruzeiros. Hice cálculos para 20 días, pero al segundo vi que no daba más que para unos días. Fui a ver al escultor argentino, Hugo Rodríguez, y tras pedirme dinero para invitarme a comer, ¡qué arte!, nos alojó en su casa. Me llevó a un hotel en construcción y nos encargaron el mural del lobby: un trabajo con maderas quemadas, hiero y concreto. Gané mucho dinero y envié a María embarazada a Lima. El dueño del hotel, nos encargó 8 esculturas, hice 9, le gustó la que sobraba y quería que se la regalase. Le dije que no, que la comprara. Al cabo del tiempo me la cambió por una casa. Me quede en Brasil, 1964. Diseñé joyas, entonces yo estaba en el pop-art. Ganamos un concurso, para otro mural, pero al no ser brasileños, no lo pudimos hacer.

¿Grupo Señal  y Arete Nuevo?

Vuelvo a Lima en 1965, el pop-art en efervescencia, con E. Hernández y Jaime Dávila formamos el Grupo Señal. Un año después, se nos unió Zevallos y Armando Varela y conjuntamos Nuevo Arte, de vanguardia y pop. Hubo un gran evento y nos marginaron, entonces montamos la galería El ombligo de Adán y fue el éxito. Yo hacía cuadros de Sobres gigantes y Las estampillas, hasta 1967  en que se acabó el pop para mi.

¿Agente cultural?

Antes, la beca de dos años en Nueva York. Me fui a San Francisco y  Normam Moore, que tanta obra me compró, quería que me quedara allí. Hicimos un viaje que duró tres meses, en New Orleans  descubrí el Isaac Delgado Museum, que tenía obra mía. La Simon Stern Gallery me montó una expo. Tras mi estancia en N.Y volví a Lima, donde el golpe de Velasco comenzó a hacer cosas interesantes. Montamos Acta 71 y Acta 72, sobre todo con esta, que promovía la reunión de las comunidades andinas. Seis meses recorriendo Perú y descubriendo nuestras tradiciones. La Carrera de Chasquis, los danzaq,.

¿Qué produce todo eso en tu pintura?

Tras ese ajetreo, hago una incursión en la abstracción, pero en seguida me doy cuenta de  que lo que tengo que expresar es esa neofiguración que me religa a nuestro pasado vernáculo. Y surgen las series Danzaq, Mitos, Ritos, Visiones, Señales, recuperando la tradición mochica, el colorido, la primavera de mi pueblo y mi sentimiento. Como todo lo que relata Arguedas, en mi pintura comienzan a aparecer los Wamani, la quilla, el Inti, Amaru, los dioses, los caciques, los guerreros y los pájaros. En lo años 70 descubrí un Perú que no conocía y eso me llevó a hacer una pintura nueva, que es la que constituye mi lenguaje. Que ha sido galardonado con los Premios de Coral Gables, y Osaka.

 

Conterilla

Estuoso, feraz, fragante encuentro. Lucho, mollar, pillo, ino-

cente, desgrana los avatares de su vida y de su suerte. Cuan-

do descubre Perú , encuentra un cosmos deslumbrante, que

es lo que lleva a su pintura para reinar sobre el arte contem-

poráneo peruano. Están Sérvulo, Azabache, Szyszlo; ningu-

no trashumante como Lucho, ninguno tan peruano, tan cali-

doscópico, tan limpio, tan enraizado, genuino. Su pintura

habla muchik, recupera ritos y mitos, perfiles de caciques y

cromías fascinantes mochicas. Sencillo, campechano, abierto,

generoso. No suplica nada, pero es una torpeza que Perú no le

valore en la justa medida de su dimensión ¡Arias Vera, maestro

del arte que crea vida, degustador de lagartijas azules!

 

Tomás Paredes

Presidente AECA/AICA Spain

 

 

 

 

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