carlos oroza

Hito a la intemperie, luco de ampos, azogue indómito, oro y pólvora, ecuóreo, divinal

 

“Donde se configura la dimensión”. Esbelto, coriáceo, se e-

leva, se dispara hacia arriba, como el árbol, buscando el infi-

nito. Hijo de un dios azteca, de canela y obsidiana; entero,

sobrio, ebrio de ascetismo, vuela con el ritmo de lo irrepeti-

ble. Jerarquía, presencia, dimensión, la perfección se anun-

cia cuando canta porque provoca el milagro ¡Eviterno!.

Ídolo del sueño, genio y figura, amaneció ahína para abrir

hiniestras al paraíso. Es tiempo, no tiene edad, tiene luz, do-

minio, alquimia en la palabra. Sus libros- Eléncar, Cabalum

Alicia, Malú-son un solo libro, Évame, que ahora publica la

editorial  Elvira, de la mano de Javier Romero. Subversivo,

único, distante, distinto, gigante, géiser de naifes y prodigios.

 

¡En el norte hay un poeta que es más alto que el cielo!

 

A Oroza no se le pregunta, se  espera que hable, poco a veces, siempre certero, sentencioso, enciende otro cigarro y dice: “soy un bicho raro, un tipo solitario, un mal ejemplo para esta sociedad de mediocres, pero yo decidí perder para ganar”.

Vive en Vigo:“todas las tardes paseo mi derrota por las calles de Vigo, alguna vez me paro en la orilla y espero algún barco. Paseo, camino al encuentro de esas cosas que la gente no percibe y pisa”. Otra ciudad, pongamos Trieste o Praga, ya habrían dado su nombre a la calle por donde transita, que huele a su dignidad, que esplende perfume de plantas aromosas.

No escribe, piensa, siente, vuela:“vivo la aventura del poema en mi cabeza. Lo escucho, lo compongo, y cuando está acabado y memorizado, lo convierto en signos. Es un honor que los mediocres me desconozcan. Creen que la poesía es un oficio”.

Erguido como la victoria, alto como el sentir del griego, tal un verso de Homero, camina ayudado de un bastón, casi sin apoyarse, como un manojo de niebla entre la lluvia que no cesa: “si se marcha de tu hombro ese pájaro que canta, te quedas sin nada, sin territorio, sin ti mismo. Un poeta es un solitario, que va escuchando no se sabe bien qué y que tampoco se sabe bien adónde va, porque va prendido del canto”.

Otro cigarro, en el Café del Marco, y un café, para despertar los ángeles vitriólicos del desdén. Protesta, con razón, por una cursilada que hay frente al Marco: “El mundo esencial está detrás de los muros de la realidad. Eso es una vulgaridad. Hiere. Quítenla”.

Entre la luz ceniza y la garúa, caminamos por Vigo hablando de poesía:“la poesía es silencio, cadencia, melodía, música, ritmo, tu propio hálito.  La poesía es anterior a nuestro tiempo, es canto, es canto para ser escuchado”. Te mira, no buscando complicidad, sino  escrutando si le sigues. “La poesía tiene que trasladar el lenguaje, darle aristocracia. Si el canto te deja, estás muerto, se acabó la aventura. Pero, no me gusta hablar de la muerte, prefiero la vida .Oh, Ilduárame, Ilduárame  si me transito”.

Pero, el poeta…”Si no eres persona, no puedes ser nada; hay que ser persona antes que poeta”. Muchos creen que no importa, que da lo mismo. “No, no, eso es literatura, mala literatura. La poesía no es un hecho literario, es un prendimiento de lo ilusorio. Yo no sé odiar, odiar es de mediocres, que ejercen una dictadura”. Pero, tú disparas contra esto y aquello. “Cómo, no, yo identifico, yo veo y eso molesta, porque la gente mira sin ver. Tengo muy desarrollado el sentido del olfato, el del cariño y el de la lealtad. La demagogia es nauseabunda, la belleza crece por intuición”.

¿Y tu bondad? “No hay más bondad que la que emana de la inteligencia. La bondad de Galicia es la naturaleza. Me tengo miedo a mi mismo. Estamos en una sociedad machista. España es el país más machista del mundo, es como si el talento fuera sólo de los hombres. La conjura de los necios…la mujer es un misterio”.

En Mondariz, todos quieren hacerse fotos con él, que les firme un libro, y le recuerdan hechos que acaso no haya vivido, pero él lo dignifica todo. Tiene una disposición natural, despegada, para la elegancia, que lustra su decencia:”el poeta organiza el caos. Da sentido al absurdo de la existencia, funda un paraíso en cada gesto. El poeta nace cuando le sorprende la primera palabra, si sabe escucharla”.

Le rodean y agasajan los políticos, pero a él no le gustan y alguien se siente incómodo: ”no me gustan los políticos, ni las banderas, ni las fronteras. No soy nacionalista. Todo poder admira clandestinamente al poeta y, para dominarlo, lo premia”.

Le celebran como a un triunfador, pero cuando pasa la hora de los aplausos, la ignorancia funda la soledad y el distanciamiento:“el triunfo es una falacia. Cuando triunfas es porque te has sometido, tienes que obedecer. Pero, el triunfo es de los guerreros, no de los poetas. Los poetas van hacia la luz, la hacen. Cuando buscas el éxito, te conviertes en esclavo. Escribes lo que quieren leer”.

Carlos no lee, dice, habla al mundo, a quien está cabe su voz y a quien está al otro lado de la noche. No puntúa, no separa, inventa palabras, crea, no repite un soniquete, inaugura cada instante, cada vez estrena la armonía: “Mi poesía es oral. La palabra con el viento, en voz alta. Lo demás es signo. La poesía no debe puntuarse, ni ponerle comas, es un canto, libre, como la luz. Yo canto y dejo que otros teoricen sobre mi”.

Conterilla

Javier Romero, su editor, nos lleva al balneario de Monda-

riz.  Allí hay un salón repleto, que le aguarda, para festejar

le. Carlos va, como en volandas, se escapa a echar un ciga -

rro y vuelve con un rictus de inocencia. Ajeno, abstraído,

nefelibata. Voy tomando nota de lo que dice. Aforístico, frag-

mentario, sentencioso. Tras su recital, una cena, se repite

el ritual: las intervenciones, las firmas, las fotos, pero él mira

de reojo donde poder fumar. Habla Pulido-¡qué largo!- y cu-

enta una historia sufí de una madre que recibe un regalo, que

es una caja de zapatos vacía, sin saber que estaba llena de be-

sos. Cierra el Alcalde de Mondariz y la noche avanza sin re-

medio, con su peligro ignoto, pero Carlos no cree en la noche,

cuando “su cabeza  es un templo de color de extrañas magnitu-

des”. El poeta, imbele, está desorientado. Se lanza al silencio con

hambre de siglos, dejando en el ambiente la ambrosía de su pre-

sencia, el perfume de su dignidad. Sigue lloviendo y los empaña

-                      dos cristales ponen lacrimosa la luz cuando el poeta se retira.

 

Tomás Paredes

Presidente AECA/AICA Spain

 

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