PEQUEÑAS  CHARLAS   CON

CINCO  PREGUNTAS  A  JESÚS COBO

                                                                                                          Gianna Prodan

Normalmente, al encontrarnos con nuevos amigos -en el campo laboral-, lo primero que solemos preguntarnos es ¿ciencias o letras?

Y esto bastaría para ubicarnos. Sí, para ubicarnos…Pero, no siempre. Porque Jesús Cobo, de formación científica (    ) hace tiempo que viene desarrollando sus aficiones, o mejor dicho sus afectos, en el campo de las letras. Ya en 1985 fundó la revista Calandrajas (papeles de arte y pensamiento), luego colaboró en el periódico Ya, se ha interesado por la historia de la ciencia y de la cultura, tiene en su haber biografías, ensayos biográficos y críticos (entre los cuales Alejandra (y otros temas becquerianos),  algunos libros de cuentos y cinco libros de poesía.

Viendo esto nos parece que la formación científica de Jesús Cobo, en su juventud, ha sido casi solo el pretexto para entrar en la vida: en la vida práctica, en la vida laboral, en la vida del trabajo y hasta de la familia. Pero…

Y es así que lo más espontáneo que me viene en mente preguntarle a Jesús es:

Tenemos insignes ejemplos de poetas -Rilke, Baudelaire, Alberti, etc.- que se interesaron muy vivamente y escribieron sobre arte. ¿Crees que la visión y la sensibilidad poética en general, y la tuya en particular, influye -y cómo influye si es el caso- en el acercamiento y la percepción del arte? 

He apreciado en muchos poetas una especial simpatía por las artes plásticas. Se intenta penetrar en unos misterios utilizando el conocimiento y la experiencia del misterio propio. La poesía, a su vez, podría ser objeto de la indagación de los artistas, pero no suele ocurrir; es, seguramente, demasiado difícil. El poeta tiene la enorme ventaja de su lenguaje verbal, adecuado a la intuición y a la explicación de los conceptos del arte. Un buen poeta, más que conocer, adivina.

Conozco tu poesía, interesante y muy personal. Pero ¿crees que la dirección de tus intereses poéticos condiciona tus preferencias artísticas?

No necesariamente. En mis experiencias de contemplación –de fruición– del arte se me impone la obra (y con ella su autor) de una manera violenta, quedando yo en un estado de mansedumbre gozosa, de docilidad. Es una experiencia de rapto, de enajenación. Conoce muchos grados de intensidad, pero siempre parece arrastrarme fuera de mí, buscar en la obra su verdad oculta, misteriosa, que no es la mía ni quiero que lo sea. Tal vez por eso, en mis preferencias artísticas podría parecer que existen –y no es así– muchas contradicciones. Esto le suele ocurrir a todo buen espectador.

 ¿Y tu manera de enfocar a la crítica de arte?

Me es difícil saber hasta dónde llega mi capacidad crítica. Soy un contemplador que disfruta, que piensa luego en su disfrute y que, finalmente, escribe sobre lo que pensó. Un escritor de arte, que utiliza el arte para gozar y para escribir. Para vivir, en suma. Si no hubiera arte, mi vida sería difícil… Seguramente por eso, mi crítica arranca siempre del entusiasmo. Y quiere ser un ejercicio de vitalidad compartida.

 ¿Cuáles son tus intereses más directos con relación al arte de los últimos veinte años?

La mirada global sobre el desarrollo de las artes en los últimos veinte años es, de momento, imposible; tal pretensión resulta prematura. Mi mayor interés ha sido seleccionar, depurar en lo posible la enorme oferta existente; al mismo tiempo, aclarar mi mirada, no a base de razonamiento sino de emoción. He procurado huir de las fuerzas de opinión, económicamente sutiles, pero estéticamente burdas. Me gusta poner en evidencia mi falta de emoción –y, por consiguiente, mi falta de interés– ante muchas obras y autores de éxito. Desconfío mucho, en arte, de la popularidad. Hay cosas que son ya populares en el arte de estos últimos años, pero es pronto todavía para que existan obras y autores prestigiosos.

 ¿Qué destacarías tú, en calidad de poeta, como más esencial en la evolución del arte de los últimos veinte años?

En primer lugar, el confusionismo extremo, la pérdida casi total del sentido aristocrático del arte. La complejidad es tanta –debida, más que a una auténtica variedad, a una masificación inaudita– que se ha acudido al expediente de caracterizar la evolución del arte asociándola a unos nombres de referencia que se usan como si fuesen centros de acción (y centros de gravedad al mismo tiempo) de todo el ámbito artístico; esto supone una reducción trágica del conocimiento del arte, por la expulsión de él de todo lo que no tenga alguna relación con ese nominalismo intangible y acreditado; el prestigio se ha ido desplazando cada vez más desde la obra hacia el artista. Esto genera una tentación cultural en la que los espectadores gregarios siempre caen: cualquier obra de un artista “popular” debe ser necesariamente buena, guste o no guste, emocione o no. El contemplador abdica de su responsabilidad fruidora; es decir, se somete y se anula. Ni mira ni piensa ni goza: acata simplemente una opinión.

VISITAS AECA

1670280
Hoy
Ayer
Esta semana
Última semana
Este mes
El pasado mes
Total
460
1103
8317
1644673
31245
34594
1670280
DMC Firewall is developed by Dean Marshall Consultancy Ltd