aaaantoniosuarezLlevaba algunos años en la sombra, hasta tal punto recluido y olvidado que muchos creían que ya no estaba entre nosotros. Antonio Martínez Suárez, conocido como Antonio Suárez, murió el pasado 20 de octubre, a los noventa años, en Madrid. Su arte, que vivió sin ruido, quedará más que el de otros, que anduvieron en la cresta de la batahola. Era un artista multidisciplinar, un hombre fieramente humano, imbele, cariñoso, cercano, sencillo, un punto bohemio, con algo de diablillo inocente.

Le hice varías entrevistas, una de ellas en El Punto de las Artes, 3 de abril de 1998, y se quejaba: “Lo más triste ahora es la falta de amistad entre los pintores. Ha desaparecido la camaradería, la comunicación y eso se nota en la obra, en lo que se hace”.

Las últimas veces que le vi, siempre guntaba por Pérez-Guerra, a quien tenía en gran consideración de amistad; pocos medios se habrán ocupado de su obra como lo hizo El Punto de las Artes. Era artista, pero, por encima de todo, su compromiso estaba con aquellos a quiénes quería.

Nacido en Gijón, enero de 1923, allí despertó al arte y aprendió viendo la pintura de Evaristo Valle y con Piñole. La pasión le sacó al mundo y fue moldeando su espíritu libre, viajero, dehombre volador sin red, de soñador irredento. Madrid, Barcelona, París, Madrid, el grupo El Paso y ya bienales de Alejandría, Sao Paulo, Venecia… Exposiciones en Nueva York, Europa, México, El Cairo, Tokio…

Mencionaba a las personas que veneraba, en cualquier situación y momento: Luis González Robles, Juana Mordó, Antonio Saura-“tres personas que han hecho mucho por el arte español, por este orden”-, Lafuente Ferrari, Clavé, J.L. Fernández del Amo, Rivera, Pérez-Guerra y su gente asturiana.

Pintor, grabador, ilustrador, muralista, vidriero, musivario, aformalista histórico, cofundador de El Paso, porque no se ha estudiado en profundidad su obra, no se valora con honestidad su legado. Iglesias, edificios públicos y privados, museos, su arte contagia vida y optimismo, aunque en su etapa final, se tornase pesimista y huidizo, desesperanzado y liviano. De la figuración inicial a la abstracción, pasando por épocas informalistas.

La suerte le fue esquiva, tampoco puso mucho empeño en cortejarla, pero el arte le colmó con la claridad y la amplia sonrisa de su inocencia. Ir con las manos abiertas, sin protección, con las ganas de vivir intactas, con la cara descubierta y la nobleza por delante, le salva, le purifica y le justifica.

Quienes le tratamos, sabemos que la vida era para él una riqueza a compartir y que lo hacía, sin egoísmo alguno, sin cicatería, incluso devolviendo un halago cuando recibía una desafección. Algunos pocos hablarán de su arte, con fragmentación, porque su creatividad fue heterogénea. Yo quiero recordar su papel de hombre, su actitud ante la vida, con las virtudes cien codos por encima de sus defectos. Con su pasión y su humildad, con su entrega sin ambages al amor, con su naturalidad y su humanidad, con su fidelidad, con su bonhomía, su cordialidad, su bondad como una forma de inteligencia.

 

Tomás Paredes

Presidente AICA/Spain

 

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