Luis Cajal

El sábado 30 de mayo de 2015, en Torrevieja, donde residía desde hace cuatro décadas, fallecía el pintor Luis Cajal, a los 88 años de edad. Hace pocos días hizo su última aparición pública, en la presentación de un libro sobre su vida y obra.

Luis Cajal Garrigós, Zaragoza 1926, vino a vivir a Madrid a los 9 años, donde se for-mó en la Escuela de la Palma, con Pellicer. Le gustaba decir que cera autodidacto, pero no lo era del todo. En seguida comenzó a trabajar en Mazón, como jefe de dibujantes. Sacó una plaza de profesor y tuvo problemas para ocuparla, porque no era licenciado, al tener una Primera Medalla se la convalidaron. Creó el Taller-Escuela del CICI, siendo su director. Alternó la pintura de caballete con la decoración y la publicidad.

Más adelante obtuvo la beca de la Fundación March y poco a poco lo fue dejando todo para dedicarse a la pintura en exclusiva. En los setenta, Campoy, Javier Rubio, Areán, García Viñolas y otros críticos le trataban de maestro. Participó en numerosas colectivas y en sesenta y cinco individuales, teniendo obra en colecciones españolas, europeas y norteamericanas.

Me contó que, cuando expuso en el Camarote Granados de Barcelona, como allí había un piano, iba todas las mañanas a ensayar Badura Skoda. Había un cuadro, Pueblo Sagrado, que le gustaba mucho, tanto que compuso un tema sobre el y se lo compró.

Fue amigo de muchos poetas: José Gerardo Manrique de Lara, Pérez Creus, Mariano Povedano, Manolo Conde, Manolito El Pollero, García Nieto o Javier Rubio, de quien conservaba dos libros inéditos. Le propuse la publicación de los mismos, me dijo que sí, pero, por unas u otras razones, nunca llegamos a hacerlo.

Premio Sésamo 1958, Primera Medalla del Salón de Primavera, Premio Nacional Caja de Madrid, Premio de Jerez, Medalla de honor de BMW…Cuando pronuncio su nom-bre, lo ligo al azul. Sus cuadros, figurativos, de vocación postcubista, vivían en atmósfera azul, era como el Merlín de Cunqueiro, que sabía volver al mundo azul y bruma.

Un personaje, además de un artista respetable y respetado. He hablado con él, con cierta frecuencia. Le prometí un prólogo para el libro y yo creía que había tiempo, porque me lo hacía creer: helas, no ha llegado. Valgan estas líneas como colofón de su vida e isagoge de su obra. Estaba siempre entre ilusionado y decepcionado, pero su gran pasión por la pintura le llevaba, sin remedio, a la esperanza para pintar más, para hacer una Fundación, un libro, ¡qué sé yo! Campechano, maño, mollar, cordial, amigo, indeciso, respetuoso, su semblante goyesco parecía decirnos: ¡soy bueno, no dimito, pero darme señales que me permitan seguir creyendo en el hombre. Del arte nunca se alejó! ¡El mar, el cielo y Cajal eran azules, como su mundo, que perdurará en su obra y en el corazón de los amantes, que como sabe el poeta, es azul!

Tomás Paredes

Presidente de AICA/Spain

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