FLORENCIO GALINDO, IN MEMORIAM

Los agentes sociales culturales cada vez interesan menos a nuestra ciudadanía, culpamos a los políticos de todo, pero el vacío no sólo afecta a ellos. Me entero con retraso de la muerte de Florencio Galindo, pintor y profesor, volcado en un realismo poético con elementos críticos controvertidos.

Florencia Galindo de la Vara, Adanero 1947, fue alumno de José Sánchez Merino, pasando por la Facultad de Bellas Artes, Universidad Complutense, en la que se licenció, doctoró y de la que ha sido profesor titular, hasta su deceso, 28 de octubre de 2016.

Florencio Galindo obtuvo la beca de paisaje de la Fundación Rodríguez-Acosta, 1970, y la de la Fundación March, dos años más tarde. Ha participado en escasas individuales y colectivas, cosechando numerosos galardones como: Premio Pancho Cossío de Dibujo,. 1973; Premios Blanco y Negro, 1974 y L’Oreal 1988, cuando todas esas distinciones tenían una repercusión que ahora ha menguado o desaparecido.

 

Vivía en Serranillos de San Leonardo y se había convertido en una celebridad de Castilla,- en Ávila era el canon-, colaborando en sus exposiciones más importantes, como La poética de la libertad, en Cuenca o la última versión de Las edades del hombre. Está en colecciones de prestigio, pero ausente de los grandes museos, por lo que queda mucha labor por hacer.

Sus últimas exposiciones de cierto calado han sido la del Monasterio de Santa María de Valbuena, Valladolid 2013, y la del Palacio de los Serranos, Ávila, unos meses después. Ahora, con sus alumnos predilectos, Hermanos Pardo, muestra una conjunta en la galería Espacio 36 de Zamora.

Florencio Galindo se inició con una fuerza y un éxito evidentes. Recuerdo su exposición de Egam, 1973, como una aventura esperanzada de un nuevo lenguaje realista. Su temática era muy sobria: patio con un perro echado, sumidero, pájaros colgados de una alambrera, rosales perdidos en la bruma de las texturas, vistas focales de arriba a abajo. Y pulcritud adunia, excelente técnica, poética de un realismo sucio, crítico, en el que no se discernía muy bien la raíz de su protesta, pero con estética prodigiosa. ¡Pájaros muertos cabe capullos de rosa en un atardecer de la luz!

No ha sido la crítica rigurosa con la obra de Galindo: o sufría silencios cómplices, lacerantes, o alabanzas gratuitas, empalagosas, innecesarias, cuando lo que se requería era un análisis estructural, icónico, técnico y hondo. Le gustaba el campo, la caza, la naturaleza y quiso dejar constancia de sus predilecciones, entre sollozos de belleza. Ha muerto cuando aún impartía clases en la Facultad y se esperaba de él, aún, señales de emoción y destellos de sentimiento.

 

                                                                                                                 Tomás Paredes

                                                                                                  Presidente de AICA/Spain

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