Jesús Cobo

Cuando pude ver en Madrid,   hace muchos años, en una muestra de arte   mejicano,el Toledo de Diego Rivera, me causó una sensación de sorpresa y luego de desconcierto: esa visión no se parecía a  ninguna otra: lo que allí se representaba era Toledo y no lo era, y, sin embargo, esa contradicción era sólo aparente. El cuadro me gustó, desde luego: tiene valores indudables.  En esta obra, realizada en 1912 y conservada en la ciudad mejicana de Puebla de los Ángeles, vista de la vertiente oriental y meridional de Toledo, encuadrándola con cuatro edificios significativos: en la parte superior, la catedral y el alcázar; en la inferior, la torre del Hierro y la casa del Diamantista. Diego Rivera, que había conocido recientemente en París los atrevimientos de las vanguardias con la pintura de paisaje, no llega a descomponer el de Toledo; no intenta la dislocación topográfica, pero parece haber querido insinuarla fraccionando la representación por medio de masas de fuerte coloración, yuxtapuestas y muy significativas. El resultado es sorprendente, pero, a la larga, escasamente renovador. Se trata de una composición estrictamente académica, un poco rígida incluso. Rivera, que manejó siempre con soltura perspectivas audaces, se muestra aquí muy sobrio; apenas lo que necesita para producir una doble sensación ascendente: de izquierda a derecha, muy pronunciada, parte de la actual cornisa; de la parte inferior a la superior, la larga calle del Barco, tomada en escorzo. Simplemente con esto ha conseguido solucionar con soltura difíciles problemas de perspectiva; en ese terreno, Diego Rivera fue siempre un maestro.

Diego Rivera, Toledo, 1912. Fundación Amparo de Espinosa, Puebla (México) 

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'Rosell Meseguer. Lo invisible', en el marco de "Arte de la casa Bardín"

 

Del 6 de abril al 4 de junio de 2019 en la Casa Bardín, sede del Instituto Alicantino de Cultura “Juan Gil-Albert, organismo autónomo de la Diputación Provincial de Alicante.” 

Proyecto seleccionado en la convocatoria pública II concurso arte en la Casa Bardín 2018-2019.

Inauguración a las 19:30 horas.

 

 Rosell Meseguer vuelve a sorprender con un tema -el de la invisibilidad-, que no está tan alejado de otros que han inspirado sus proyectos en los últimos años. Su principal objetivo es la comprensión del rol que tienen las representaciones visuales en la cultura contemporánea y en la formación de nuestro conocimiento sobre el mundo en que vivimos: cómo son capaces de impactar en nuestra imaginación, de qué forma organizan nuestra memoria personal, cómo se utilizan para la representación de los hechos históricos, de nuestro pasado, de nuestro futuro y de nuestra vida más íntima, cómo forman, en fin, parte de nuestra realidad cotidiana.

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Jesús Cobo

AECA

   De los pintores españoles del impresionismo tardío es Joaquín Sorolla el más elegante y original; también, el de mayor instinto pictórico y el de más elevada potencia técnica. Amigo y admirador de Aureliano de Beruete, de cuya mano parece haber conocido la ciudad, le supera en el tratamiento de los efectos luminosos, y no le alcanza, a mi ver, en la representación de la diafanidad del aire. El gran talento compositivo de Sorolla y su maestría en el manejo del color le permiten la creación de inolvida­bles ámbitos paisajísticos, de enorme veracidad y belleza. Con un dibujo suelto y amoroso sugiere formas de enorme eficacia visual, favorecidas por una luminosidad imperiosa. Sorolla es un intuitivo formidable, un jugador que casi siempre gana. Más que controlar y dominar, le interesa adivinar. El riesgo grande y frecuente, asumido con gallardía y superado con suerte pródiga, acabaron siendo en él una forma de sabiduría.

Joaquín Sorolla, Vista de Toledo, 1912. Museo Sorolla, Madrid

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Satoru Yamada

Miembro de AECA y AICA

 

         Cuando los artistas hablan de la estética oriental, siempre mencionan el “vacío”. Sí, eso es cierto. En la pintura china y la pintura japonesa, el concepto de “vacío” es elemento fundamental de la esas culturas orientales. Pero, ¿qué es el “vacío”?

         En China desde unos siglos antes de Cristo, ya existía el concepto de brote de “vacío” en el arte y la pintura dominada por idea de “vacío” vio la luz en la dinastía Tang (siglo VII-IX) (véase Cheng, Françis, “Vacío y plenitud”, Siruela, Madrid, p129), pero no hay ningún libro escrito sobre este asunto, puesto que para los chinos, el realizar el “vacío” no es objetivo de pintura, sino es pintura en sí. Como el concepto es muy de sentido común, no lo había discutido la crítica, ni artista alguno, hasta que Xie He (479- 502) propuso los “Seis principios de la pintura”. Xie He defiende en ese momento que, definitivamente el pintor tiene que realizar el aliento vibrante que corresponde al “vacío”. Para él el aliento es la sensación de la vida de la criatura realizada sobre el papel. Su definición es endeble para nosotros, pero allí comenzó la polémica de la esencia del “vacío”. Muchos pintores o críticos chinos y japoneses han propuesto un sinfín de teorías. Además hay una diferencia sensible que depende del punto de vista desde el que se contempla: taoísmo, I Ching o zen. Incluso en el momento actual siguen apareciendo nuevas teorías del vacío.      Pero en este artículo, me limito a exponer la definición de qué es aire invisible, que produce la sensación de “aliento vibrante”.

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L.M.A.

Madrid, 08 de abril de 2019

 

El Presidente-Director de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre-Real Casa de la Moneda, el Presidente de la Diputación de Córdoba y el Alcalde de Villa del Río han en el Museo Casa de la Moneda la exposición “Acorde de Duende. El Imaginario de Ginés Liébana”, que estará abierta al público hasta el 10 de junio de 2019.

Comisariada por Érika Ede, reúne más de un centenar de obras del autor entre óleos, dibujos y pequeñas esculturas expuestas en un ambiente que recrea el del propio estudio del autor. La colección hace un recorrido por todas las épocas artísticas y vitales del autor, que incluye una numerosa colección de sus obras más recientes y su selección se debe a un criterio puramente personal cuya mayoría ha sido tomada de la colección propia del autor.

Acrílico sobre papel, “collages”, los dibujos forman parte de su última producción y se mezclan con retratos más antiguos como el de García Lorca o “Erica. 1980”. También hay representantes de su periodo en Brasil de los años cincuenta como “Rio de Janeiro”, en un estilo que contrasta con el onirismo de buena parte de su obra. La exposición incluye, además, dos vitrinas con sus publicaciones literarias.

Ginés Liébana

Nació en 1921 en Torredonjimeno, Jaén, es el último miembro vivo del Grupo poético “Cántico”. Medalla de oro al mérito de las Bellas Artes 2005. Pintor, poeta y dramaturgo su obra está al margen de las modas estéticas del momento. Sus retratos de mujer, figurativos, se enlazan con el paisaje por medio del cabello, que se enraíza con formas vegetales en el fondo del cuadro donde, entre ángeles y bestias, forman parte de una narración fantástica de connotaciones surrealistas.

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Jesús Cobo

AECA

Una parte muy importante de la pintura de paisaje ha pretendido representar impresiones. El artista percibe una sensación —en principio, instantánea o admitida como tal— y trata de reflejarla en el cuadro. El primero de los graves retos y riesgos del impresionismo es la imposibilidad de una expresión que sea también instan­tánea; es decir, la enorme dificultad de una expresividad realmente impresionista. Debe acudirse a una intensidad muy elevada de la sensación y a una memoria visual de gran potencia. Por eso, en el impresionismo, el resulta­do final es siempre una aproximación, un ensayo. No es la impresión lo que se pinta sino su recuerdo; incluso en los paisajes pintados directamente del natural y en tiempo breve.

La ciudad de Toledo, a la que se acomoda con estric­ta naturalidad la noción de impresionante, ha sido siempre un surtidor de tentaciones para los pintores impresio­nistas. En los resultados, ha habido de todo un poco. Porque es dificil manejar adecuadamente impresiones tan ricas. Del panorama contemplado, es esencial la cap­tación de tres sensaciones que se condicionan: forma, color y luz. En Toledo, su complejidad puede llegar a ser exasperante. O, todavía peor, acreditar la impotencia expresiva del pintor. Aureliano de Beruete optó por la selección reductora de sensaciones, por la identificación de impresiones adecuadas que excluyesen la escenogra­fía, la fragmentación y la ambigüedad. Sus toledos son como un hilo de los muchos que forman el complicado ovillo de la figuración toledana; pero un hilo ejemplar. En ellos, el pintor evidencia su inteligencia creadora, su comprensiva sensibilidad y su ejecución primorosa. Toledo, que se nos aparece con frecuencia como una rea­lidad física con múltiples semblantes, ha encontrado en Beruete al gran pintor de uno de ellos. Por eso, en sus visiones nos hace sentir siempre el epitelio de Toledo, su piel. Son paisajes confortables, apacibles, sin asperezas ni sobresaltos visuales, gozosos de color y plácidos de luz. Responden, sin duda, a un modelo interior, muy depurado, de afanosa corrección técnica y amable fac­tura. Finas siempre, rozando incluso una elegancia que no se llega a conseguir del todo, las visiones toledanas de Beruete, como sus paralelas vistas madrileñas o conquenses, tienen algo de idílicas.

Aureliano de Beruete, Vista de Toledo desde la Vega Baja, 1909, Museo de Santa Cruz, Toledo.

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Marisa Oropesa

Comisaria de la Exposición

Julio Romero de Torres (1874-1930) fue más que un pintor, hoy con la distancia del tiempo podemos ver en él un autentico intelectual.  Su implicación en la vida cultural y social de su época le lleva a participar en las tertulias del Café Levante y a compartir mesa con grandes escritores y pensadores como su querido amigo, e impulsor de estas tertulias, Ramón María del Valle Inclán, además de otros escritores y pintores de la época como José Augusto Martínez “Azorín”, Santiago Rusiñol, Pío y Ricardo Baroja o José Gutiérrez Solana.

El artista cordobés fue ante todo un pintor de almas, un trasgresor que iba más allá del rancio academicismo. En realidad está muy lejos del tópico folclórico de su temática, la poética andaluza de Julio Romero de Torres posee fuentes de inspiración que le llevan a ser uno de los grandes simbolistas del siglo XX. Hay que destacar su forma de abordar los temas en sus pinturas: la figura siempre aparece en primer termino mientras en un segundo plano destacan algunos elementos que nos hacen pensar en un telón. Las mujeres suelen ser las protagonistas de esa narrativa, pero no solo como un objeto erótico o de deseo como se ha querido limitar tantas veces, cultiva la imagen de la condición femenina a través del Modernismo, del Simbolismo e incluso del Decadentismo. Una forma muy distinta de ver a la mujer, acorde con la pintura finisecular de otros países europeos más aperturistas que el nuestro. Porque Julio Romero de Torres era ante todo un artista libre, y esa libertad es la que le distingue de otros coetáneos.

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