Jesús Cobo Ávila

Miembro de AECA

Pocas veces —si es que hubo alguna— ha logrado un pintor dar fe de la opulencia artística de Toledo como lo hizo Ignacio Zuloaga en sus admirables vistas de la ciudad. En ellas, se refleja —exaltándolo— el esplendor de su  belleza, que es la gran cualidad que da armonía y consigue la unicidad de un conjunto tan heterogéneo. Todo es belleza en estas panorámicas espléndidas de una ciudad que trasciende sus límites. Zuloaga impone universalidad a un modelo al que acechan todas las tentaciones del costumbrismo.

Ignacio Zuloaga, Vista de Toledo, 1932, Museo Zuloaga, Pedraza (Segovia).

Podrá encontrarse en esas vistas alguna afectación, rasgos retóricos o manieristas, pero sin que consigan alterar la grandeza representada. Comparados con los de Zuloaga, los toledos de Ricardo Arredondo, tan admirables y bellísimos, nos resultan domésticos y comedidos. Las vistas de Zuloaga suponen una visión lujosa de Toledo, para la que el pintor dispuso de innumerables elementos estructurales y decorativos. De todas ellas, recuerdo con preferencia una Vista de Toledo, de 1932, que se conserva en el museo Zuloaga, en Pedraza (Segovia).

La vista parece estar tomada desde un lugar cercano a la ermita de san Jerónimo, en los cerros fronteros a la ciudad a la salida del Tajo; desde esa posición elevada, el pintor podía contemplar una gran parte de la curva del río y lo fundamental del entramado urbano. El cuadro admite un protagonismo triple: 1. la vertiente occidental del peñón, y su cima, con una generosa oferta de significativos edificios; 2. el río, sereno, intemporal  e inseparable, y, sobre todo, 3. el puente de san Martín, bellísimo, tendido en impecable perspectiva. El puente, en primer plano, da pruebas con su grandeza y su hermosura de las que cabe esperar en el interior de la “sublime cumbre”, esa acumulación prodigiosa —y mis- teriosamente armoniosa— que es la ciudad de Toledo. Zuloaga, que ha aprovechado como pocos las enormes posibilidades plásticas de su conjunto urbano, valora la vegetación interior; su visión es generosa de verdes, esos verdes gloriosos que eran uno de los grandes ornatos de Toledo y que han ido —lastimosamente, tristemente— desapareciendo. La grandeza de su concepción y la admirable ejecución del cuadro logran que esta vista sea tal vez la más hermosa de todas las representaciones de Toledo; lo que no quiere decir que sea la mejor visión de la ciudad.

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Tomás Paredes

Presidente de AICA Spain

 

El montaje de una exposición es determinante. Si bien hecho, percibimos con facilidad la obra, la presencia que la ahorma ¿Somos conscientes de lo que nos proporciona una idónea disposición? Cuando es malo, arruina el trabajo de un artista o lo deturpa.

Cuando he accedido a la Sala Maruja Mallo de Las Rozas, a contemplar la muestra “De vuelta a casa” de Vega de Seoane, he percibido, asohora, el orden que la impulsa. La sencillez, la limpieza que nos acerca a sentir las pinturas. La responsable del montaje, cuajado de matices, es Paula Alonso, para ella mi enhorabuena.

Vega de Seoane, EVS, está participando en la feria de Berlín con la galería ZSart de Viena, donde expondrá en junio, pero refiero la de las Rozas, C. C. Pérez de la Riva, obras fechadas entre 2008 y 2018, óleo y acrílico/lienzo. En algún momento, uno cree adivinar una figuración fragmentaria, pero es abstracción, en la que las manchas cromáticas componen una conversación del pintor con el lienzo, murmullo de cromías que le enlazan a las de M .H. Mompó, por veces; otras, con la introducción del jazz en el expresionismo abstracto.

Siete grandes formatos, dos medios y seis pequeños conjuntan una isla de claridad, mucho resplandor, algunos oscuros y profusión de azules en todas sus edades. En Sebastián en sueños, Georg Trakl, poema “Infancia”, afirma: “Un instante azul es sólo ya alma”...”y en el sagrado azul perduran resonancias de luminosos pasos”. Los que da el autor con sus manos con el temblor de una gacela que esquiva atraviesa un bosque.

¿Por qué pinta un pintor? Porque necesita imperiosamente verter sus sensaciones, los misterios que le acosan; porque sólo la naturaleza no basta, porque el hombre que pinta deja su vestigio, físico y espiritual, igual a quien escribe un poema. El estadio espiritual que el artista encarna se traduce, no en figuras, ni objetos, sino en ambuezas de color, que se arraciman hasta crear una atmósfera polisémica.

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Jesús Cobo

Cuando pude ver en Madrid,   hace muchos años, en una muestra de arte   mejicano,el Toledo de Diego Rivera, me causó una sensación de sorpresa y luego de desconcierto: esa visión no se parecía a  ninguna otra: lo que allí se representaba era Toledo y no lo era, y, sin embargo, esa contradicción era sólo aparente. El cuadro me gustó, desde luego: tiene valores indudables.  En esta obra, realizada en 1912 y conservada en la ciudad mejicana de Puebla de los Ángeles, vista de la vertiente oriental y meridional de Toledo, encuadrándola con cuatro edificios significativos: en la parte superior, la catedral y el alcázar; en la inferior, la torre del Hierro y la casa del Diamantista. Diego Rivera, que había conocido recientemente en París los atrevimientos de las vanguardias con la pintura de paisaje, no llega a descomponer el de Toledo; no intenta la dislocación topográfica, pero parece haber querido insinuarla fraccionando la representación por medio de masas de fuerte coloración, yuxtapuestas y muy significativas. El resultado es sorprendente, pero, a la larga, escasamente renovador. Se trata de una composición estrictamente académica, un poco rígida incluso. Rivera, que manejó siempre con soltura perspectivas audaces, se muestra aquí muy sobrio; apenas lo que necesita para producir una doble sensación ascendente: de izquierda a derecha, muy pronunciada, parte de la actual cornisa; de la parte inferior a la superior, la larga calle del Barco, tomada en escorzo. Simplemente con esto ha conseguido solucionar con soltura difíciles problemas de perspectiva; en ese terreno, Diego Rivera fue siempre un maestro.

Diego Rivera, Toledo, 1912. Fundación Amparo de Espinosa, Puebla (México) 

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'Rosell Meseguer. Lo invisible', en el marco de "Arte de la casa Bardín"

 

Del 6 de abril al 4 de junio de 2019 en la Casa Bardín, sede del Instituto Alicantino de Cultura “Juan Gil-Albert, organismo autónomo de la Diputación Provincial de Alicante.” 

Proyecto seleccionado en la convocatoria pública II concurso arte en la Casa Bardín 2018-2019.

Inauguración a las 19:30 horas.

 

 Rosell Meseguer vuelve a sorprender con un tema -el de la invisibilidad-, que no está tan alejado de otros que han inspirado sus proyectos en los últimos años. Su principal objetivo es la comprensión del rol que tienen las representaciones visuales en la cultura contemporánea y en la formación de nuestro conocimiento sobre el mundo en que vivimos: cómo son capaces de impactar en nuestra imaginación, de qué forma organizan nuestra memoria personal, cómo se utilizan para la representación de los hechos históricos, de nuestro pasado, de nuestro futuro y de nuestra vida más íntima, cómo forman, en fin, parte de nuestra realidad cotidiana.

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Jesús Cobo

AECA

   De los pintores españoles del impresionismo tardío es Joaquín Sorolla el más elegante y original; también, el de mayor instinto pictórico y el de más elevada potencia técnica. Amigo y admirador de Aureliano de Beruete, de cuya mano parece haber conocido la ciudad, le supera en el tratamiento de los efectos luminosos, y no le alcanza, a mi ver, en la representación de la diafanidad del aire. El gran talento compositivo de Sorolla y su maestría en el manejo del color le permiten la creación de inolvida­bles ámbitos paisajísticos, de enorme veracidad y belleza. Con un dibujo suelto y amoroso sugiere formas de enorme eficacia visual, favorecidas por una luminosidad imperiosa. Sorolla es un intuitivo formidable, un jugador que casi siempre gana. Más que controlar y dominar, le interesa adivinar. El riesgo grande y frecuente, asumido con gallardía y superado con suerte pródiga, acabaron siendo en él una forma de sabiduría.

Joaquín Sorolla, Vista de Toledo, 1912. Museo Sorolla, Madrid

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Satoru Yamada

Miembro de AECA y AICA

 

         Cuando los artistas hablan de la estética oriental, siempre mencionan el “vacío”. Sí, eso es cierto. En la pintura china y la pintura japonesa, el concepto de “vacío” es elemento fundamental de la esas culturas orientales. Pero, ¿qué es el “vacío”?

         En China desde unos siglos antes de Cristo, ya existía el concepto de brote de “vacío” en el arte y la pintura dominada por idea de “vacío” vio la luz en la dinastía Tang (siglo VII-IX) (véase Cheng, Françis, “Vacío y plenitud”, Siruela, Madrid, p129), pero no hay ningún libro escrito sobre este asunto, puesto que para los chinos, el realizar el “vacío” no es objetivo de pintura, sino es pintura en sí. Como el concepto es muy de sentido común, no lo había discutido la crítica, ni artista alguno, hasta que Xie He (479- 502) propuso los “Seis principios de la pintura”. Xie He defiende en ese momento que, definitivamente el pintor tiene que realizar el aliento vibrante que corresponde al “vacío”. Para él el aliento es la sensación de la vida de la criatura realizada sobre el papel. Su definición es endeble para nosotros, pero allí comenzó la polémica de la esencia del “vacío”. Muchos pintores o críticos chinos y japoneses han propuesto un sinfín de teorías. Además hay una diferencia sensible que depende del punto de vista desde el que se contempla: taoísmo, I Ching o zen. Incluso en el momento actual siguen apareciendo nuevas teorías del vacío.      Pero en este artículo, me limito a exponer la definición de qué es aire invisible, que produce la sensación de “aliento vibrante”.

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L.M.A.

Madrid, 08 de abril de 2019

 

El Presidente-Director de la Fábrica Nacional de Moneda y Timbre-Real Casa de la Moneda, el Presidente de la Diputación de Córdoba y el Alcalde de Villa del Río han en el Museo Casa de la Moneda la exposición “Acorde de Duende. El Imaginario de Ginés Liébana”, que estará abierta al público hasta el 10 de junio de 2019.

Comisariada por Érika Ede, reúne más de un centenar de obras del autor entre óleos, dibujos y pequeñas esculturas expuestas en un ambiente que recrea el del propio estudio del autor. La colección hace un recorrido por todas las épocas artísticas y vitales del autor, que incluye una numerosa colección de sus obras más recientes y su selección se debe a un criterio puramente personal cuya mayoría ha sido tomada de la colección propia del autor.

Acrílico sobre papel, “collages”, los dibujos forman parte de su última producción y se mezclan con retratos más antiguos como el de García Lorca o “Erica. 1980”. También hay representantes de su periodo en Brasil de los años cincuenta como “Rio de Janeiro”, en un estilo que contrasta con el onirismo de buena parte de su obra. La exposición incluye, además, dos vitrinas con sus publicaciones literarias.

Ginés Liébana

Nació en 1921 en Torredonjimeno, Jaén, es el último miembro vivo del Grupo poético “Cántico”. Medalla de oro al mérito de las Bellas Artes 2005. Pintor, poeta y dramaturgo su obra está al margen de las modas estéticas del momento. Sus retratos de mujer, figurativos, se enlazan con el paisaje por medio del cabello, que se enraíza con formas vegetales en el fondo del cuadro donde, entre ángeles y bestias, forman parte de una narración fantástica de connotaciones surrealistas.

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