Jesús Cobo

Tomás Paredes

En lontananza, p 282 de su primera edición, Madrid 1962, define Azorín al intelectual, como “un espectador inteligente”. Jesús Cobo lo es, escritor y matemático, sabe carmenar el pensamiento con virtud y articula corazón y cerebro con mano de seda. Jesús es gourmet y asceta, enólogo, gustador de sabores y fino catador de colores; excéntrico, arbitrario con el orden establecido y luminaria del pensamiento mágico. Jesús Cobo es mucho más- lo ha leído todo- , pero, por sobre todo, es poeta.

Conversador brillante, ágil, alhaquín hechicero que margoma y desteje, con absoluto encanto, los misterios de Toledo- “ilustre y clara pesadumbre, de viejos edificios coronada”-. Jesús es sombra de luz aposentada en el pecho del tiempo. Entre los títulos de su autoría, alternan la matemática y la poesía, no en balde María Zambrano identificaba a ésta como “la palabra acordada con el número”.

Hace tiempo, debía de haber apuntado algo acerca de su último libro de poemas. El día de la luna chica, reverberante cal sobre bistre intenso lejano, paseando bajo el cielo de azabache de Madrid, barrio de los Jerónimos, caído ya el entrelubricán, asohora, me asaltó el escozor de la deuda. Y me prometí cumplir, no con el poeta, sino conmigo.

Para consuelo de los muertos, Editorial Almud, Ciudad Real 2013, en apariencia es una meditación sobre la amorosa contemplación del mar y el rigor de los misterios. Des-de poco ha, el poeta pasa unos meses de invierno en Palma de Mallorca y los tiempos estuosos en Toledo, eso explica que un toledano evidencie un itinerario espiritual que va del azul del mar al del cielo, tórrido y mágico, épico y cántico, pítico y límpido.

Está el mar, soledoso e imponente, pero hay más: la vida y el arte, el amor y la libertad, la mujer y la luz, la materia y la forma, la belleza y el tiempo, la lengua y los labios de la boca de un volcán, que ahuyenta a los intrusos.

No he dicho, que, Jesús Cobo, también es crítico de arte, miembro de AECA, historiador, con varios títulos en su haber y análisis rigurosos y vigorosos. Breves poemas en prosa, con aire da fábulas o cuentos sufíes, que indagan los rincones de lo inconmensurable y abren los sueños a un vuelo sin fin. Por momentos, uno ve la huella de Horacio, de Borges, siempre la emoción del poeta cosechando claridades, en un camino de perfección teresiano: ”Trazo contra el misterio la trayectoria de mi libertad. Voz y silencio. Dejo volar a la palabra y miro, agradecido, la belleza del arco”.

Ambuezas de luz sobre la venustez y la querencia obligada de un bosque a la umbría. Suenan sirenas de barcos sin dueño, cuyo recorrido presentimos. Y vemos el puente eterno que construyen la emoción y el misterio. Sueña el poeta que “sólo vive para el mar”, pero desdeña la nada, porque sabe que el coro de tubas de la tierra tiene un himno que le eleva y le conmueve. El deseo acechante se ha convertido en sosiego.

La palabra va tejiendo una alcatifa de luz, que nos transporta, como en un cuento maravilloso, que nos va guiando por los ostugos de lo fantástico del enigma. Con tanta luz: “No es fácil llegar a conocer el bosque, pero es sencillo hacerlo arder”. Libro diáfano y simbólico, para leer y releer, para progresar y recomenzar, para buscarse y arder, que no renuncia a las grandes preguntas, ni a las pasiones, ni al gigantesco oximoron de la vida.

Tomás Paredes

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